Archivo mensual: mayo 2013

RUNAWAYS: Guía de lectura.

Querido lector:

Como Runaways era mi primer relato más o menos serio, no quería hacer algo convencional. Quería hacer algo diferente, así que empecé a escribirlo por el final. ¿Por qué no? Si lo hubiese escrito de principio a fin habría sido demasiado lineal, y eso sería aburrido. Es decir, ninguno de vosotros lo leería. Además, quería probar algo nuevo, al menos para mí, y para que me entiendas, he aquí una breve guía de lectura de Runaways:

El orden cronológico del relato sería I, II, III. Hasta ahí bien. ¿Cuál es el problema entonces? Que yo empecé escribiendo y publicando, en el orden inverso: III (El final), II (El viaje) y I (El principio, en la ciudad.)

¿Cómo recomiendo leerlo yo? Yo recomiendo la segunda manera, es decir, la mía. Si lo vas a leer más de una vez, empieza a mi manera, y luego léelo en el orden que prefieras. Como si empiezas por la segunda parte, da igual. Es un experimento y espero que lo disfrutes lo máximo posible, como he disfrutado yo escribiéndolo.

Sin más dilación, te dejo leer a gusto. Un placer, y hasta la próxima.

Kate Shogun

ÍNDICE DE RUNAWAYS:

I: –  https://kateshogun.wordpress.com/2013/05/28/runaways-i/

II: (Primer acto) –  https://kateshogun.wordpress.com/2012/11/13/runaways-ii-1st-act/

II: (Segundo acto) –  https://kateshogun.wordpress.com/2012/12/08/runaways-ii-2nd-act/

III: –  https://kateshogun.wordpress.com/2012/10/29/runaways-iii/

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Runaways, I

Estaba contrariado y no sabía por qué. La verdad es que llevaba así un par de semanas.

O un par de meses.

O un par de años… Puf. Resoplé para mí mismo y tragué otro sorbo de cerveza.

Era una tarde de martes, en junio, y aún había luz. Era demasiado pronto para beber, pero no me importaba. La verdad es que había estado bebiendo a ratos durante un par de días. O un par de meses. O un par de años.

Estaba disgustado con mi vida. O más que disgustado, cansado. Últimamente no le encontraba el gusto a nada. Ni salir de fiesta, ni ir a la universidad, ni conocer gente nueva. Nada. Lo cierto es que el mundo me daba bastante asco. Era incapaz de seguir una vida normal. De todas maneras, ¿qué era una vida normal para un “joven adulto”? Nadie sabría contestarme a aquello.

Cuando era pequeño, creía que al cumplir dieciocho años, llegaría una vorágine de sensaciones, emociones y vivencias que me empujarían a ser feliz cada día de mi vida. Además, la universidad me había abierto muchas puertas. La primera decisión que tomé como “adulto” fue irme de casa; no quería seguir viviendo con mi familia, así que me mudé. No fue una mudanza convencional, ya que me fui a un piso de protección oficial, de un viejo jubilado cuya muerte nadie había notificado.

A mí no se me habría ocurrido algo así por mí mismo, pero Joachim me lo enseñó. A él se lo enseñó un amigo de un amigo de un amigo, o algo así. Creo que nos conocimos por algo así también, por varios conocidos en común. Lo típico que no recuerdas, vaya.

Él solía pasar allí largas temporadas, primero solo, hasta que comenzamos a vivir juntos cuando yo me mudé a aquel destartalado y cochambroso refugio.

Joachim odiaba a su familia tanto como ellos a él. O no, puede que incluso ellos le odiasen más. Su madre era una loca depresiva y su padre un borracho apestoso que les zurraba a la mínima. Es curioso, pero él, pese a tener sólo diecisiete años y poco más de sesenta kilos de peso (casi todo hueso), ya sabía más del mundo de la calle que yo. Era un pequeño gángster. Y también conducía mejor, así que solía ser mi chófer pese a que el coche fuese mío.

No teníamos demasiados ingresos: Jo compraba marihuana y hachís muy barato a un amigo suyo y se lo vendía a los chavales de su instituto a precio de oro. Era todo un hombre de negocios, el cabrón. Ese pequeño trapicheo nos daba un par de cientos al mes. Yo, por mi parte, recibía una pensión por orfandad: mi madre había muerto un par de años antes de que yo empezase la universidad, así que la suma ascendía a unos ochocientos dólares mensuales. No era mucho, pero era suficiente para sobrevivir en aquella jungla. Además, como no pagábamos alquiler, la mayoría del dinero era para comida, drogas y gasolina. Todo consumible. Incluso conseguíamos ahorrar un poco.

Mi padre no protestó ante mi decisión de irme de casa, y llegamos a un acuerdo: Él pagaría mis estudios mientras yo aprobase un curso completo cada año; y, con la pensión, yo debía ser capaz de mantenerme económicamente estable. No me daría ni un dólar si vivía fuera de casa, y se me estaba acabando el chollo, pues el Gobierno me daría mis quinientos cincuenta dólares mensuales hasta los veintiún años, es decir, unos diez meses más. Y no, no estaba por la labor de volver a someterme a aquel tirano viudo. No le soportaba. No soportaba nada. Lo mismo me pasaba en la universidad. Era una universidad fantástica, la mejor del país para estudiar empresariales, y no era excesivamente cara, pero la gente apestaba.

Todos tan jóvenes, tan revolucionarios, tan libres de espíritu y tan abiertos de mente, disfrutando de la liberación sexual y la destrucción de los tabúes reinantes durante siglos y que en unos pocos años habían desaparecido. Tan ansiosos por descubrir la vida que ante ellos se abría de piernas como una amante apasionada, deseosa de acción… Era todo mentira. Estaban encerrados en una rutina que a mí me resultaba desesperante. Todos los días de diario hacían lo mismo. Todos los fines de semana hacían lo mismo. Fingían aceptar que pensases de forma diferente, pero por dentro te veían como a un bicho raro que no pinta nada en sus círculos de amistad. Los hombres sólo te hablaban de fútbol, y las mujeres, que se definían a sí mismas como espíritus libres, se indignaban si no las llamabas el día de después. Y cómo no, te odiaban por el simple hecho de intercambiar unas pocas palabras con “esa zorra” o “aquel putón”. La liberación sexual no es más que otra utopía inalcanzable, pues los celos están a la orden del día en los corazones y las cabezas de todo el mundo.

Por suerte, siempre hay alguien que encaja igual de mal en la cuadrícula social que uno mismo, y así, una tras otra, aparecieron en nuestra vida Nico, Zoé y Océan, o como Joachim y yo las llamábamos, nuestros tres pedazos dorados del infierno.

Nico apareció un día al azar en la puerta de casa, como quien recibe un timbrazo y al abrir su portal descubre un cachorrito que alguien ha abandonado ahí unos segundos antes, y la habíamos acogido casi sin preguntar. Cuando llegó, vestía una falda negra desgastada y una camiseta blanca de manga corta talla XXL, unas botas tipo Timberland marrón oscuro y una melena desaliñada y larga hasta la cintura. Había venido desde su país haciendo autostop y chupando pollas para costearse cada trayecto, huyendo de unos matones que querían hacer que se prostituyera. Era guapísima. Sus ojos verdes destilaban rabia, independientemente de la expresión que el resto de su cara tuviese. Era como un enfado continuo con el mundo. Enfado y miedo. Como no podíamos mantenerla, accedió a buscar trabajo, y así empezamos a ser una pequeña familia de marginados sociales. Como salidos de una novela de Bukowski.

Zoé, para no ser menos, había aparecido también por sorpresa. Hacía más o menos un año, el mecánico al que confiaba la salud de mi viejo Chevrolet estaba enfermo, así que me dio la dirección de una chica a quien había dado clases de mecánica y que era todo un genio de los motores. Jo me acompañó aquella tarde. Imaginaos nuestras caras al ver una chica rubia, con el pelo sujeto por una trenza y un pañuelo rojo en la frente, para evitar el sudor, y vistiendo nada más que un mono de trabajo muy gastado, también de color rojo, y abierto hasta el ombligo con la parte de arriba atada por las mangas a la altura de la cintura. Y el sujetador, negro, ciñendo su pecho, que se hinchaba con cada esfuerzo que Zoé hacía mientras diseccionaba el motor de una antigua Indian Chief.

Su pequeño cuerpo se movía con la gracilidad de una ardilla, mientras cambiaba piezas de la enorme motocicleta. Era diminuta, sí, pero cada uno de sus movimientos destilaba una vigorosa elegancia. Su piel brillaba por el sudor del esfuerzo. Era preciosa. Un ángel de cabello dorado y ojos marrones rodeado de tuercas y carburadores.

Tras aquel primer encuentro, empecé a llevarle mi coche siempre a ella, ya que lo cuidaba mejor que el mecánico anterior, y era una chica genial. Vivía con su padre, al cual no soportaba, y estaba ahorrando para irse a vivir sola lo antes posible. Como se veía venir, empezó a visitarnos muy a menudo, pasando largas temporadas también en el piso. Al ser la única con un trabajo más o menos serio, se convirtió en nuestra principal fuente de ingresos.

Por último, la primera. Océan, cuyo nombre no era en vano. Mitad francesa mitad argentina, tenía unos ojos azules en los que podía atraparte horas, ya fueses hombre, mujer, infante, animal o cosa. Lo digo porque a mí me había pasado más de una vez. Era alta, mucho más que Zoé o Nico, tenía un cuerpo que quitaba el aliento y un espíritu salvaje, indomable. Sabía echarle cara a todo y aprovechar su atractivo para cualquier cosa. Tal vez por eso era tan caprichosa, pero eso daba igual.

Océan trabajaba desde los diecisiete años en un pequeño club, cantando en un grupo de jazz con otros tres chicos argentinos, y vivía en un pequeño camerino de aquel local.

Lo que me unía con ella era la orfandad. Su madre había muerto durante el parto, así que Océan vivió con su abuela materna hasta la muerte de ésta, hacía cuatro años y medio. Su abuela y mi madre murieron casi a la vez, durante la misma semana, y ella y yo nos habíamos conocido en el hospital. ¿Qué sitio conocéis con mayor romanticismo que una sala de espera desierta? Al vernos, coincidimos en que ninguno estaba de ánimo como para soportar el momento solo y en silencio, por lo que me acerqué a ella y empezamos a hablar. Fuimos un refugio el uno para el otro durante esos meses, y pese a sus estupideces y las mías, nos queríamos muchísimo.

Océan siempre me hablaba de una casita que su abuela tenía en el campo, en la que había pasado las vacaciones desde que era un bebé, y que estaba alejada de cualquier rastro de civilización en muchos kilómetros a la redonda, y pasábamos horas fantaseando sobre nuestra idílica vida allí. Pero como todas las fantasías, siempre creímos que quedaría en nada más que un sueño.

Encontrar  a Joachim y a las chicas había sido una especie de salvación para mí. No sólo por encontrar gente que estaba tan jodida como yo (o más, ya que yo por lo menos estaba en la fase que “me correspondía”, es decir, la universidad), sino porque era la primera vez que creía tener amigos de verdad. Confiábamos los unos en los otros, nos queríamos, y además, era una especie de macrorrelación seria. Me explico. Yo estuve un tiempo saliendo sólo con Océan, ya que había sido la primera en conocer, pero cuando llegaron Nico y Zoé, Joachim se quedó prendado. Sin embargo, tonteaban entre ellas, no sé si por propio placer o tan sólo para putear al pobre Jo. El caso es que yo las hacía lesbianas desde hacía tiempo, cuando de repente, al llegar una tarde al piso, abrí la puerta y me encontré un montón de ropa tirada por el suelo y un denso olor a hierba.

Llegué al único dormitorio de la casa y ahí estaban, los tres jugueteando en la penumbra, dándose placer entre ellos como si no hubiese un mañana. Me quedé a cuadros, y no bastó simplemente con encontrármelos así, sino que Zoé se levantó de la cama, se acercó a mí y empezó a besarme, mientras me quitaba la cazadora y la camiseta. Me quedé paralizado, y ella tiró de mi mano para llevarme a la cama. Me uní a su pequeño núcleo de amor, mientas seguía en shock. Mientras me desnudaban, me ofrecieron un Bong de marihuana. Nunca había participado en serio en una sesión grupal de sexo, y he de admitir que lo mejor fue cuando Océan, que estaba aparcando, llegó y se encontró la escena casi terminada. Zoé y yo nos acercamos a ella y sin mediar palabra, nos sumimos en un húmedo mar de lenguas y caricias, mientras oíamos gemir a Nico y a Joachim, y vuelta a empezar. Si el cielo existe, es imposible que sea algo así, pero oye, soñar siempre ha sido gratis. Fue mágico.

Desperté el primero. Seguía un poco fumado, así que al recordar lo que había pasado, no pude evitar reírme. Me reí tan fuerte que les desperté, y no sé cómo, surgió la conversación sobre lo que habíamos hecho. Por lo visto yo era el único que aún no había fantaseado con ello. “Jodidos enfermos” dije mientras nos reíamos. Ahí estábamos, los cinco, desnudos y drogados, en una casa que legalmente no era nuestra, pero que nos hacía sentirnos como en casa.

Después de recordar esta escena, tras la que habían transcurrido varios meses repletos de momentos como este, me di cuenta de que mi hogar no era la casa, sino que ellos eran lo único que necesitaba. No necesitaba emborracharme, no necesitaba a la gente de la universidad, y no necesitaba más familia que ellos, y no era el único que se sentía así.

Cada uno teníamos un pequeño imperio en ruinas dentro de nosotros, y vivíamos enlatados en un infierno de hormigón, que nos había visto crecer y sufrir durante todos los años que teníamos. Eran tales las heridas, que sólo encontrábamos refugio en la compañía de otros como nosotros.

Yo, personalmente, había empezado a rechazar hacía tiempo (primero inconscientemente y luego de manera deliberada) el mundo en el que vivíamos.

Creí que había perdido mis sentimientos, que me había vuelto frío como un iceberg, pero no era frialdad, sino resignación, ya que Jo y las chicas me habían hecho sentir de nuevo. Y pensé que tampoco podía resignarme, que teníamos que actuar. Incluso huir, si era necesario.

Ellos eran lo único en lo que yo creía desde hacía tiempo, y ahí estaba, intoxicando mi hígado un martes por la tarde y dándome cuenta de que la culpa de mi malestar no la tenía mi familia, ni mis compañeros  de universidad, ni la televisión, ni la política, ni nada puntual. La culpa era de la sociedad, que nos hacía perder la ilusión y nos convertía en zombies mezclados dentro de un gran archivador multiétnico y cruel del que de ninguna manera podíamos salir. Pues bien, -pensé-. tendremos que salir cueste lo que cueste. Si algo me había caracterizado era mi facilidad para librarme de cosas que no me gustaban, y la sociedad era una de ellas, así que cuando recibí aquella llamada de Nico, no lo pensé dos veces. Era el momento perfecto para escapar.


Red Warlock Poems, IV.

Como un brote de hierba,

busco mecerme

en el Sol.

El Sol cura las heridas

y esculpe las pieles.

Como una flor en primavera,

persigo el Sol con la mirada,

la cara empapada

de energía solar.

Bañando nuestros cuerpos

desnudos en la luz.

Arropados por su calor,

dóciles y sumisos.

El Sol es culpable de la ceniza

y las flores.

Que emergen del polvo,

como pequeños y espléndidos soles.

Juega con nosotros,

regala vida, sentencia a muerte.

Nos contempla impasible,

omnipotente,

inerte.

Una maquinaria perfecta,

que separa luz y oscuridad.

Mi Dios es el Sol,

no creo en nada más.


Red Warlock Poems, III.

Respiro el humo.

Pienso en tu pecho,

hinchándose como el de una paloma.

En el sudor que emana de

tu espalda.

En tus caderas.

 

Eres mía,

sólo mía.

 

Tus pechos, firmes, majestuosos,

como dos manzanas maduras pendiendo del árbol,

listas para ser recolectadas por unas manos trabajadoras,

que únicamente desean llegar a su hogar. Pero

yo no tengo hogar,

así que mi deseo se limita a la recolección del fruto.

 

Después de tomar tu calor, desapareceré.

Iré allí adonde no puedas encontrarme,

pero da igual,

no me buscarás.

 

No eres mía,

eres libre.


Red Warlock Poems, II

Qué tendrá el invierno,

que me adormece,

y meciéndome en mi suerte

me ahogo.

 

Suerte.

 

Qué tendrá la suerte,

que nos abandona.

La suerte me abandonó a mi suerte,

pero sé fuerte,

todo mejora.

 

¿Qué tiene la muerte,

que me obsesiona?


Elogio de la Destrucción.

Sobre la Destrucción

Hablemos de destruir. O de autodestruir. O de destruir para luego reconstruir.

Siempre se ha tratado el tema de la destrucción como algo malo: Villanos de película con planes de destrucción mundial, siempre detenidos en el último momento por superhéroes que en su propia lucha por evitar la destrucción, destruyen toda una ciudad o todo un país. El sacrificio de unos pocos por el bien del objetivo principal, que es otro tema controvertido, está bien visto si forma parte del plan de los buenos, mientras que es vil y repulsivo si se utiliza para un plan maléfico.

En fin, hablemos de la destrucción. Como he explicado antes, la destrucción es concebida como algo malo, pero luego entra en los planes de aquellos que buscan un bien mayoritario.

Nadie destruye por destruir. No a no ser que sienta una profunda rabia, la cual, después de destruir, nos abandona en una profunda desolación sin sentido. Siempre que se destruye, es buscando algo que el sujeto en cuestión, cree que va a ser mejor.

Tomemos como ejemplo un archiconocido personaje histórico: Adolf Hitler, que pretendía destruir todo Berlín, lo hacía con un objetivo: Reconstruir la ciudad piedra por piedra con un diseño nuevo de Albert Speer, y construir una bella ciudad, moderna y adaptada a los tiempos que acontecerían al finalizar la segunda guerra mundial. Con esto quiero decir, que siempre que un ser humano busca destruir algo, esa destrucción tiene un por qué. En el caso anterior, es la búsqueda de algo mejor, más bello, lo que impulsa a Hitler a destruir su propia capital. Y con esto podríamos incluir sus planes antisemitas, puesto que su irracional búsqueda perseguía la consecución de lo que él creía una humanidad más bella, más capaz. No estoy elogiando en ningún momento las ideas del Nazismo, atención. Además Hitler dijo con sus propias palabras que si los propios ciudadanos berlineses no sabían luchar y destruir su ciudad por ellos mismos para el bien común, no eran dignos de “La Nueva Germania”.

Sobre la Autodestrucción

La autodestrucción del ser humano tampoco se mueve por motivos irracionales, o por sí misma; también tiene un objetivo, ya que si no, carecería de todo sentido. Cuando uno vive tendencias autodestructivas en primera persona, se da cuenta que lo que intenta es matar lo malo que hay en él. No se gusta, y para poder gustarse a sí mismo y a los demás, que hay que erradicar lo malo. La autodestrucción es el primer paso hacia la purificación. Volvemos a lo mismo: Es mera destrucción para una posterior reconstrucción. El renacer. Es por esto que la autodestrucción, en cierta medida, tampoco debe ser concebida como algo negativo.

Como todos sabemos, el ser humano es ciclotímico y fluctúa entre estados de ánimo muy variados, desde la euforia a la depresión, pasando por alegría, tristeza, rabia, odio, pasión y un sinfín de líquidos elementos en los que luchamos por mantenernos a flote y seguir viviendo día a día. La tristeza no es algo malo, es un proceso natural por el que todo ser humano pasa, más o menos veces en su vida, y todos sabemos que los tiempos tristes nos enseñan casi más que los tiempos felices y despreocupados, que el invierno enseña más que la primavera. Tomo el invierno como elemento simbólico: Frío, escasez de alimento, falta de cobijo. Los animales saben que el invierno es duro, que no hay apenas posibilidades de sobrevivir, pero sin embargo, el invierno es también (y tan sólo) parte de un amplio proceso de autodestrucción y autorregeneración cíclico de la naturaleza. Y somos animales. Esto es, la autodestrucción es un proceso natural, y como tal, también se puede aprender de ella.

¿Acaso no dicen que cuanto más fuerte tocas fondo, más fuerte rebotas para volver a la superficie?