Archivo mensual: noviembre 2012

Runaways II (1st act)

Amanecía.

Llevaba toda la noche conduciendo y era la única persona despierta en el Suburban, cuyo motor V8 ronroneaba como un león que juguetea con sus crías. No era rápido, pero aquella gigantesca máquina azul valía su peso en oro: Tenía un motor lo suficientemente potente como para llevar a siete pasajeros y sus respectivos equipajes. Como éramos solamente cinco, pudimos llenar el maletero hasta arriba sin problemas, y los doscientos diez caballos nos hacían volar a ciento cuarenta kilómetros por hora sin hacer ningún tipo de esfuerzo.

El único problema que tenía, al igual que cualquier otro coche americano, era el consumo de combustible: este pequeñín gastaba 15 litros cada cien kilómetros y la aguja se acercaba peligrosamente a la “E” de “Empty”, así que nada nos libraba de parar en la próxima gasolinera.

Aminoré al entrar en el desvío, desperté a los niños y paré delante del surtidor. Llené el depósito, pagué los ciento cuarenta litros de gasolina y cuando pasaba por delante del coche le dije a Joachim:

-Mantén el motor encendido, voy al servicio.

Proseguí mi camino con las manos en los bolsillos de mi Harrington negra por el lateral de la gasolinera, y al doblar la esquina un mal presentimiento invadió mi mente: Un Alfa Romeo 159 de la policía era el único ocupante del parking del recinto. Por suerte estaba vacío, así que decidí dejar de pensar en él y metí una moneda en el cerrojo de la puerta del servicio de caballeros.

Entré en el cuartillo, que constaba de un retrete sin tapadera, un lavabo y un dispensador de papel vacío, que a juzgar por la falta de papelera, hacía mucho que no se reponía.

Mientras vaciaba mi vejiga me puse a pensar en la ironía que suponía tener que pagar por llenar un depósito y tener que pagar por vaciar otro depósito. Terminé pensando: “menuda mierda, al final nos cobrarán por respirar”.

Me lavé las manos, maldije en voz baja por no tener con qué secarme y salí frotando las manos contra los bolsillos de la cazadora mientras miraba al suelo hasta que mi cuerpo se topó con algo pesado, que hizo que perdiera el equilibrio, teniendo que levantar los brazos para evitar caer al suelo.

Alcé la vista y ví al obstáculo, que resultó ser el policía que conducía el Alfa Romeo que había visto antes.

-Joder, chaval -me dijo-. Mira por dónde andas -le pedí disculpas y comencé a alejarme pero el gordo me llamó de nuevo, así que me giré. Señalando al suelo, el policía dijo:

-Chico, ¿es esto tuyo?

Metí las manos en los bolsillos de la Harrington y comprobé que efectivamente, la mariposa plateada que yacía semiabierta en el suelo era mía. Sentí cómo el tiempo se ralentizaba. Ese tipo de navajas están prohibidas y el hecho de tener una ya es motivo de denuncia, así que ese cabrón podía llevarme a comisaría si quería. Mi cuerpo reaccionó casi automáticamente:

Me abalancé sobre él levantando los brazos y rugiendo como un animal, como quien le da un susto a un niño pequeño. Sabía que me arriesgaba demasiado, pero no tuve tiempo para pensar en nada mejor, y funcionó: el tipo, acojonado, se echó hacia atrás, paralizado por el grito, así que salté hacia adelante y descargué mi puño derecho sobre su nariz. Dios, qué dura tenía la cara, el hijo de puta. La mano derecha me ardía, así que según caía hacia atrás, me di la vuelta, cogí la navaja con la mano izquierda y salí corriendo hacia el coche. Vi a Zoe que estaba saliendo de la parte trasera del coche, y le grité que se metiera dentro otra vez. Llegué y entré en el Suburban de un salto mientras mi corazón latía a como el doble bombo de una canción de heavy metal. Cerré detrás mío la puerta que Zoe había dejado abierta y azucé a Joachim, que quedó estupefacto al ver uno de mis nudillos en carne viva.

-Pero qué coj…-¡Vámonos, no hay tiempo!

El coche pegó un acelerón que nos hundió en los respaldos de nuestros asientos, y al incorporarme me di cuenta de que de la radio salían los primeros acordes de Hellfire, de la banda Airbourne. Cuando nos incorporamos a la autovía  Jo pegó un volantazo para esquivar a un tráiler de seis ejes que estuvo a punto de descarrilar y de echarnos de la carretera. La bocina del camión atronó durante dos segundos la autopista, y cuando ésta cesó, otro ruido aún peor, probablemente atraído por el primero, surgió detrás nuestro aumentando su volumen rápidamente: La sirena del Alfa Romeo aullaba amenazante cuando apenas llevábamos recorridos doscientos metros de autopista.

-¿Cómo nos ha alcanzado tan rápido? -gritó Nico.

-Ese coche lleva un motor de cincuenta caballos menos que el nuestro, pero pesa ochocientos kilos menos, así que acelera como la puñetera hormiga atómica -replicó Zoe-. No me mires así, muñequita, la mecánica es lo único que se me da bien.

¡Joachim! -llamé yo-. Va a ser imposible dejarle atrás!

-No me digas, y qué cojones has hecho para que nos esté persiguiendo? -se lo conté-. Vale… pues estamos jodidos.

Vi un desvío hacia algún lugar llamado “Terracota Ravines”, y antes de que le dijese a Jo que cogiese el desvío, ya había derrapado ligeramente para no tener que frenar, al tiempo que esquivaba a un pequeño todoterreno naranja que remolcaba una vieja caravana.

Joel O’Keeffe gritaba en nuestros oídos “Driving through hell just to get back home…” y el coche de policía se ponía a nuestra altura en la carretera, ahora desierta.

Sacó la pistola y disparó al retrovisor derecho, haciéndolo añicos. Las chicas gritaron.

-¡Os vais a cagar, niñatos! -gritó el policía, al tiempo que nos adelantaba para situarse justo delante de nosotros.

I’m in a Hellfire…”

Entrábamos en una zona de curvas y ví que el cartel que habíamos visto no engañaba: detrás de cada curva cerrada la tierra se terminaba, dando lugar a profundos barrancos. Un una sacudida del Suburban me sacó de mis pensamientos mientras oía maldecir a Joachim “¡Será hijo de puta! ¡Va a matarnos!” porque el poli había pegado un frenazo intentando que perdiésemos el control del coche. Volvimos a acelerar a la par con los consiguientes bufidos de ambos motores, que competían en una lucha encarnizada de revoluciones y explosiones, frenazos y posteriores acelerones y tras tres curvas bastante cerradas que Jo superó derrapando, nos acercábamos a una curva a la izquierda en la que la carretera se ensanchaba, el Suburban rugió y superábamos los ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora. El Alfa Romeo se abrió para tomar la curva, y Joachim, en lugar de seguirle, siguió recto mientras me gritaba por encima de la música:

It’s better to die young…”

-¿Te importa que arañe el coche un poco? -me preguntó mientras pisaba el acelerador a fondo.

-¿Eh? -dije yo, sin entender la pregunta. -Jo, ¿qué cojones vas a hacer?

El coche de policía había ralentizado su marcha y tomaba la curva justo delante de nosotros. Jo iba a cometer una locura si hacía lo que yo creía que iba a hacer. Miré el velocímetro, ciento sesenta y dos kilómetros por hora, el motor no daba para más y cuando le miré a los ojos, me sonrió y me dijo:

-Prefiero no morir joven.

El Suburban se empotró contra el coche de policía, que arrancó el quitamiedos y salió volando, dando una vuelta de campana y cayendo por el barranco violentamente. El impacto y el tirón de freno de mano que Jo dio justo después de chocar, nos libraron de seguir al Alfa Romeo terraplén abajo, y muy probablemente de una muerte segura, ya que únicamente yo llevaba el cinturón de seguridad puesto.

Zoe y Nico estaban paralizadas, mientras que Océan gritaba todo tipo de barbaridades acerca de lo que habíamos hecho Joachim y yo.

-¡Cállate, Océan! -gritó Jo, que después se dirigió a mí.

-¿Qué hacemos, tío?

-Creo que lo mejor será que escondamos el coche y comprobemos si ese cabrón sigue vivo todavía.

Y así hicimos. Dejamos el Suburban detrás de una gran roca de granito y bajamos el terraplén andando, para no dejar huellas de neumático en los caminos de tierra que bajaban hasta el final del barranco.

El muy hijo de puta, estaba inconsciente, pero seguía vivo, gracias al cinturón de seguridad doble que tenía equipado su coche. Me había aproximado al siniestro antes que los demás, así que les pegué un grito avisándoles de la situación. Joachim me dijo que lo rematara ahí mismo, sin siquiera sacarlo del coche, y me pareció buena idea. Completé el trabajo que había dejado a medias en la gasolinera: con la bota izquierda le pegué una patada en la nariz, rompiéndole el tabique. Así perdería sangre rápidamente.

Apagué la radio para que fuese más difícil de rastrear y me despedí del futuro cadáver con un corte de manga, en cuya placa ponía un nombre como Lucas Milton o algo así. Volví con los demás.

-Estará muerto en media hora. -dije.

-Pues vámonos. Pero conduces tú, que es tu coche -dijo Joachim riéndose.

La parte delantera del Chevrolet estaba hundida unos veinte centímetros hacia dentro, como si un gigante le hubiese dado un puñetazo, pero todo seguía funcionando así que no había mayor problema. Encendí la radio y tras mirar un mapa de la zona que había en el coche patrulla, nos dirigimos hacia una pequeña granja a unos ocho kilómetros por la carretera de Terracota Ravines.

Menuda manera de dar los buenos días.