Archivo mensual: julio 2012

El Cocinero

¿Alguna vez, la primera vez que conocéis a alguien, os habéis imaginado cómo es su vida?

 

Íbamos de camino a una comida familiar. A una finca. En el campo. En medio de la nada, de la puta nada. Yo llevaba todo el camino durmiendo y me desperté justo cuando entrábamos en el terreno.

 

“Vaya sitio de mierda en el que gastar el dinero” fue lo primero que pensé cuando vi el complejo, grande, con varias viviendas de piedra. La verdad es que las casas eran preciosas, pero el paisaje era una copia barata del desierto que rodea Las Vegas, solo que con la décima parte de encanto del que poseía su hermano mayor yanqui. Tierra árida por todos lados, montañas peladas, y ni rastro de vegetación mayor que retamas y arbustos que pedían a gritos un poco de agua.

 

Odio los eventos familiares porque no suelo conocer a más del diez por ciento de los asistentes.

Llegamos a la piscina, una alberca natural que había sido adoquinada para adquirir un aspecto más urbanita, y mientras nos acercábamos a la multitud, yo me cagaba en todo pensando en toda la gente a la que tenía que saludar: Habían venido amigos de mi familia, mis tíos, mis primos con sus respectivos packs de cónyuge más hijos/mascota, etcétera. Tras saludar a mis tíos y contestar a las típicas preguntas de rigor (“¿Qué tal la universidad?” “¿Hay alguna afortunada por ahí?” y demás mierda) decidí explorar un poco más el lugar.

 

Encontré a un par de amigos de la familia a los que ya conocía, y que eran interesantes: Un psicólogo vegano y un contrabajista que tocaba con Ara Malikian, el famoso violinista.

Charlé un rato con los dos sobre esto y aquello, hasta que me entró el gusanillo y decidí acercarme a la cocina, por si podía rapiñar algo que calmase mi apetito hasta la hora de comer.

 

Volvía con un par de trozos de jamón serrano, engullendo, y olí a carne a asada, así que decidí seguir el olor, ya que me entusiasma la carne, especialmente cuando está hecha al horno.

 

Llegué a un gran horno de leña hecho de losas de pizarra, en el que yacían las culpables del despertar de mi instinto carnívoro: dos patas y dos paletillas de cordero, colocadas en sendas fuentes metálicas y rodeadas de cebolla y patata.

 

Al lado del horno, manejando cuchillos y bebiendo un gintonic conocí a Álex, uno de los tipos más curiosos que he conocido nunca.

 

Llevaba una indumentaria que no destacaba por su utilidad a la hora de cocinar en una hacienda de burgueses: Una camiseta verde de Nike de manga corta, unos pantalones cortos negros y unas deportivas caras. Ni flaco ni gordo, pelo rapado, tez morena y no más accesorios que unas Ray Ban Wayfarer negras y un Rolex plateado.

Un ser curioso, me dije, y le saludé. Empezamos a hablar, y me cayó muy bien. Pensé que era mi día de suerte tener alguien nuevo con quien hablar, así que no me despegué de la zona circundante al horno hasta que estuvo listo todo el menú y nos sentamos a la mesa.

 

Creo que nunca había bebido tanto a mediodía. Entre gintonics y Martinis con naranja pasamos un rato jodidamente divertido.

 

Me contó que era cocinero y que había nacido en Paraguay, pero que sus padres habían vivido en Francia desde que él tenía memoria, así que dominaba español y francés en un perfecto nivel.

Había estudiado cocina en París y Barcelona con los mejores, y aunque técnicamente su residencia estaba en Madrid, vivía en cualquier lado menos allí, ya que le llamaban para todo tipo de eventos plagados de ricachones.

Conocía a alguien que podía serle últil y así conseguía toda clase de ventajas. Los ricos le consideraban un tipo simático e inofensivo, y él aprovechaba esa fachada para obtener viajes, regalos, y toda clase de detalles de la clase alta.

Pasaba los tres meses que dura el verano en la Costa Azul, viviendo con una pareja de millonarios cincuentones, para los cuales cocinaba, que hacían las veces de padres adoptivos, ya que tenía a su disposición todo lo que necesitaba. Desde una barquita con la que pescaba en el mediterráneo en sus ratos libres, hasta el Jaguar descapotable de la señora. Por el día vivía como un rey, y por las noches rondaba pubs y bares, tomándose la penúltima con algún conocido, o a falta de estos, con alguien que conocía esa noche.

 

El resto del año trabajaba en un restaurante de la Gran Vía en Madrid, y siempre que tenía uno o dos días libres se marchaba de la ciudad en su vieja Yamaha con Miguel, el contrabajista que he mencionado antes, de quien era íntimo amigo.

 

Conocer a medias a alguien que te parece interesante siempre te da ganas de seguir investigando, pero en este caso no pudo ser, ya que Álex tenía que marcharse pronto después de la comida, así que estrechamos nuestras manos y nos despedimos con un “nos vemos”.

Siempre he intentado imaginar cómo será el resto de su vida. Tenía una sonrisa que le daba un aspecto golfo, de típico mujeriego que atrae a las mujeres no por su físico o por su cara bonita, si no por su forma de ser y de hablar, porque labia tenía para rato. Tenía un pequeño tatuaje en el brazo derecho, que rezaba “It’s all in the music” escrito con letra enlazada, como la de los niños, situado en medio del antebrazo. De la letra c, salía un rabillo que se prolongaba hasta el hombro. Me fascinó: era un tatuaje sencillo pero único, para un individuo sencillo y único también.

Álex me parecía un espíritu libre, un tipo de persona que yo siempre habría querido ser. Sin ataduras, sin complicaciones, sin unas raíces que le adheriesen a ningún suelo. Aunque no todo serían ventajas, pensé. Por razones obvias, no le pregunté, pero me dio la impresión de que a veces, en momentos puntuales, debía sentirse muy solo, ya que no tenía un lugar al que volver en los malos momentos.

 

Tal vez sea impresión mía, pero creo que todo ser humano necesita un lugar al que pueda llamar “hogar”.

 


Fantasías de supermercado.

El pitido y la voz mecánica de la caja me estaba poniendo de los nervios. “Pii” Diecisiete-euros-cincuenta-y-cinco-céntimos. “Pii” Tres-euros-veinte-céntimos. “Pii” Dos-euros-quince-céntimos. “Pii” Un-euro-doce-céntimos.

No me había dirigido la mirada, ni tampoco palabras más allá de un seco “hola”, y cuando preguntó si quería bolsa, su acento me dio un toque de atención. Le dije que no gesticulando levemente con la cabeza. Demasiado cansado par hablar o fijarme, hasta que la miré por un instante, y entonces fue cuando me di cuenta de lo que me había estado perdiendo.

Era extraño. Ella era delgada, pero sus caderas eran demasiado anchas, y su culo destacaba dentro de los ajustados pantalones negros del uniforme del supermercado. Ni una insinuación en el escote, tenía poco pecho y todos los botones de la camisa roja abrochados salvo el último, que dejaba ligeramente abierto el cuello de la prenda, mostrando dos manchitas de nacimiento color café de forma asimétrica en el lado de la arteria aorta, que derrochaban sensualidad.

Su pelo era marrón y liso, y sus ojos oscuros no decían gran cosa a simple vista, pero al fijarme en el contraste que hacían los tonos marrones con su piel rosada, salpicada por unas pequeñísimas pecas, me inundó una sensación de lo más curioso. Sentía como si quisiese sacarla de aquel antro, llevarla a un parque y allí arrancarle ese feo uniforme. Regalarle un vestido de verano que no marcase tanto su figura, porque ella era guapa, pero no estaba hecha para la ropa ceñida.

Oírla hablar mientras olía su perfume, besar su cuello y cerrar los ojos para notar su presencia cerca de mí. En mi interior, yo luchaba frenéticamente contra estos sentimientos salvajes, pero por fuera debía tener un aspecto bastante autista, ya que me miró y me dijo:

-Perdona, ¿Te encuentras bien? Son veinticuatro euros con dos céntimos.

Salí de mi ensimismamento y procuré borrar todas esas obscenidades de mi cabeza.

-Sí, discúlpame, es que estaba pensando en mis cosas.

En realidad mis ojeras y mi barba de una semana me daba un aspecto perfecto para pensar que podía desmayarme ahí mismo, y la resaca me estaba matando, pero no me parecía apropiado compartir esta información con una desconocida, bastante había hecho ya desnudándola en mi imaginación.

Tenía cara de niña y acento francés. Esos dos rasgos, sumados a su brusquedad a la hora de antender a los clientes, me encantaban.

Hubo un momento de silencio en el que ella miró mis adquisiciones: Una botella de Jack Daniel’s, una bolsa de hielos, una botella de dos litros de Coca-Cola y una caja de helados baratos.

Me miró como una madre que mira a su hijo, con cierto aire de reproche, pero en lugar de mantener esa mirada de quien juzga a un niño, me regaló una sonrisa y una mirada de complicidad, y me dijo: “Hasta luego.” Cogí el ticket y el cambio y me marché a casa.

De camino, una melodía se repetía en mi cabeza: I wanna make it wit chu, de Queens Of The Stone Age.

Menos mal que esa noche no iba a quedarme en casa mucho tiempo, ya que me habría sido imposible conciliar el sueño.

 

http://www.youtube.com/watch?v=0wTxqHbJOzg


Palomas

¿Sabéis cómo funcionan las palomas mensajeras? Es realmente curioso.

Las palomas tienen un instinto muy definido para encontrar el camino de vuelta a su hogar, por lo que el ser humano, durante toda la historia, las ha criado en grandes palomares, y cuando se deseaba mandar un mensaje desde un lugar hacia el que se partía, se cogía una paloma del palomar más cercano al punto de partida, y se transportaba durante el viaje, y en un momento determinado, se enganchaba un mensaje en una pequeña carta a su pata y se liberaba a la paloma.

No importa cuán lejos sueltes a la paloma. Siempre, con una fiabilidad del 100% salvo que sean abatidas o sufran una enfermedad, las palomas saben volver a su hogar desde cualquier punto del globo terráqueo, desde la puñetera Australia hasta Noruega, si hace falta.

Las palomas son unos seres simpáticos. Son como pequeños hippies, en grupos desorganizados. Viven en paz con el mundo, alimentándose de lo que reciben y sin preocuparse por la suciedad. Se bañan en fuentes públicas y cagan encima de cualquier persona, sin distinción, ya sea un ejecutivo con un traje a medida de Armani o un chaval que vuelve del instituto escuchando música tranquilamente. Reciben nuestro desprecio, son tachadas de “ratas del aire”, pero si lo pensáis detenidamente, ensucian mucho menos que nosotros.

Viven sin preocupaciones. Y vuelan. Son más libres de lo que jamás podremos llegar a ser nosotros.

 

¿No os dan envidia?