Archivo mensual: diciembre 2012

Runaways II, (2nd act)

Tras alejarnos del lugar del accidente, tomamos un desvío hacia lo que en el mapa parecía un bosque, y al llegar escondimos el Suburban entre las encinas.

Era un vasto bosque y no se percibía ni un ruido desde el interior de la arboleda, así que era un lugar idóneo para escondernos mientras decidíamos qué hacer.

Las chicas estaban histéricas, y no dejaban de discutir entre ellas. Era normal, el estrés que habíamos sufrido durante apenas media hora era tremendo, por lo que optamos por comer algo. Aún así, la comida no consiguió aliviarnos, por lo que después de unos bocadillos y un café frío que llevábamos en el termo, la discusión continuó, incluyéndonos a Joachim y a mí.

-¿Qué coño os pasa? -exclamó Nico, rompiendo a llorar. Jo la abrazó y trató de tranquilizarla.

-Pequeña, no podíamos hacer otra cosa, esa navaja es ilegal y probablemente nos habrían llevado a comisaría y habrían investigado quiénes somos.

-¡Y tú has matado a un hombre, imbécil! -interrumpió bruscamente Océan, a quien tapé rápidamente la boca para que se callase, pero que me mordió y al apartarme siguió-.

-Gabacha cállate ya, ¿quieres? -dijo Zoé.

-Pero de qué vas, puta enana -contestó Océan echándose encima suya, intentando intimidarla con sus quince centímetros de más.

-Océan, cálmate de una puta vez, ¿quieres? -dije mientras la sujetaba, esta vez por los hombros-. A ver, vamos a relajarnos y a pensar en lo que podemos hacer.

-A ver, mucha gente ha visto la persecución, y el coche no va a pasar precisamente desapercibido con ese choque y el disparo en el retrovisor. -dijo Jo, mirándome y levantando las cejas.

-Ah, ¿sí? Y quién le ha hecho lo del parachoques,¿eh, Joachim? -inqurí, cabreado.

-No jodas tío, qué iba a hacer, ¿dejar que nos persiguiese hasta el fin del mundo? O peor, ¿hasta que se nos acabase la gasolina?

-Está bien, centrémonos -acepté a regañadientes-. Sólo es mediodía, por aquí no pasa ni un alma y estoy reventado, así que,¿por qué no nos echamos un rato?

-Lo secundo. -respondió Joachim.

-Y yo, joder, ya era hora -replicó Zoé-.

Concluí que era mejor que uno se quedase despierto por si acaso, así que cogí los prismáticos que guardaba en la guantera del coche y el mapa y me puse a investigar qué había en los alrededores, no sin antes darle un tranquilizante a Nico, que seguía histérica.

La granja que habíamos visto antes en el mapa estaba ahora a unos dos kilómetros al este, es decir, en sentido contrario a la carretera, por lo que avancé por el pinar procurando no perderme durante un kilómetro y medio, y cuando los árboles se acababan me detuve y observé el pequeño valle desértico con los binoculares.

Había una valla de madera que parecía una empalizada, ya que medía unos dos metros de alto, que rodeaba una nave industrial blanca enorme, con dos grandes puertas corredizas metálicas, como si entrasen camiones a menudo, y a la izquierda, un cobertizo con sitio para dos coches, con una ranchera Ford Ranger negra, bastante moderna. Se me iluminó la cabeza, así que me tumbé bocabajo, para evitar ser detectado por cualquier individuo que pululase por allí, y observé durante una interminable hora. Nada, el lugar no daba ningún signo de vida, así que me levanté y volví paseando hasta donde estaban los chicos. Por el camino, un pequeño mirlo se espantó al oír el crujido de una rama que había pisado yo, y se posó en la parte baja de un álamo, a unos diez metros de distancia, mirándome. Le sonreí, como si el animal pudiese entender lo que yo iba a hacer, y proseguí mi camino mientras el ave iniciaba un alegre gorjeo.

Me acerqué a Zoe, que dormía en la tercera fila de asientos del Suburban, y la zarandeé ligeramente.

-¿Mmmmhh? -gruñó ella. La verdad es que ese corte de pelo por los hombros a lo años sesenta le quedaba de vicio y yo me estaba poniendo cachondo al verla así, pero intenté concentrarme-.

-Zoé, ¿sabes si un Ford Ranger es fácil de abrir?

-¿De qué año?

-No sé, debe ser como del dos mil tres o así…

-Hmm, sí.

-Vale, pues despierta y ven conmigo.

-¿Qué?

-Que vengas, vamos, es importante, te lo cuento por el camino.

-Bostezó-. Vaaaaaale -se estiró y salió del coche por el portón del maletero-. ¿Lo vamos a robar?

-Eso depende de si eres capaz de abrirlo. -contesté, tratando de picarla sonriendo.

-Entonces eso es un sí. -y me sacó la lengua.

Por el camino ideamos el plan: Robaríamos la Ranger, Zoé le haría un puente, y nos la llevaríamos por el camino (en el que al ser de piedra, no dejaríamos rodadas) hasta donde estaba el Suburban. Trasladaríamos todo el equipaje a la caja de carga de la Ford y cambiaríamos las matrículas para despistar a cualquier policía o hijo de puta con ganas de jugar a Sherlock Holmes. Después Joachim o yo nos quedaríamos con el Suburban escondidos hasta que anocheciese, e iríamos con los dos coches, cada uno por separado, hasta un pueblecito llamado Sunshade Hills, donde Zoé conocía a un tipo que tenía un garaje y nos compraría el Suburban. Me daba mucha pena deshacerme de él, pero no quedaba más remedio, así que le llamamos, y acordamos que por quinientos dólares se lo quedaría sin hacer ningún tipo de preguntas.

Llegamos al final del bosque y observamos durante otra media hora esperando algún signo de vida humana, aunque fue en vano: ya era media tarde y el sol ayudaba a nuestra causa, ya que hacía demasiado calor como para que nadie se sintiese tentado a abandonar su casa.

Bajamos la cuesta de arena, atravesamos la valla de madera y anduvimos hasta el cobertizo, que no tenía puertas. Zoé sacó una extraña palanca que introdujo por la rendija de la ventanilla de la Ranger, y con tres o cuatro movimientos, un ruido metálico anunció que la puerta estaba abierta.

-Eres un genio, enana -le dije, asombrado. Ella se me acercó, me dio un beso y abrazándome me dijo al oído mientras sonreía “Ya lo sé”.

Le dejé coger el volante, ya que habíamos acordado que la Ranger sería suya. Estaba muy animado y en el coche había una vieja cinta de Johnny Cash, así que la puse antes de arrancar. Zoé arrancó pegando un acelerón y cantábamos “Cry Cry Cry” ruidosamente porque creíamos que no había nadie y que nos había salido todo bien, hasta que al cruzar la valla de madera un viejo con una escopeta en la mano apareció ante nosotros apuntándonos a la cara, pero íbamos demasiado rápido para poder frenar, por lo que ocurrió lo inevitable.

Zoé gritó. Yo me tapé la cara. Mierda, se me había olvidado el cinturón de seguridad. ¿El viejo? Bueno, salió volando unos cuatro o cinco metros, frenado por la cuesta arriba, y cuando cayó al suelo la escopeta se disparó, y un sonoro disparo se perdió entre los pinos, espantando toda clase de aves.

Pasaron treinta segundos, lentos como un anuncio en televisión. Johnny Cash cantaba y Zoé sollozaba. Intenté salir de mi aturdimiento. Me bajé del coche, cogí el cuerpo inerte del viejo calvo que nos había atacado y lo cargué en la caja de la Ranger, saqué a Zoé del asiento del conductor, la abracé y la llevé al asiento del copiloto. Recogí la escopeta, y cambié el cartucho gastado por uno nuevo que el viejo llevaba en su chaleco, me senté al volante y coloqué la escopeta con el seguro puesto en el asiento trasero. La canción seguía sonando, así que bajé el estéreo y llamé a Joachim para que no se asustase al vernos aparecer. Al escucharme empezó a maldecir y a jurar como no le había oído nunca.

You’ll call to me but I’m gonna tell you: “Bye, bye, bye,”
When I turn around and walk away, you’ll cry, cry, cry.

Atardecía.

Al llegar, aparqué el coche al lado del otro, y le pedí a Jo ayuda con el cadáver, que depositamos en un lado del Suburban. Ya habían sacado todas las cosas, así que tan sólo teníamos que volver a colocarlas en la camioneta. Recogimos todo en silencio y nadie dijo nada, salvo las chicas, que intentaban consolar a Zoé, aún paralizada.

Con las matrículas cambiadas, la caja de carga de la Ranger cargada hasta arriba y el cadáver escondido en el maletero del Suburban, estábamos listos para marcharnos. Joachim arrancó el motor de la Ford y avanzó unos diez metros mientras yo intentaba arrancar en vano el Suburban. “Vamos cabrón, ¿por qué me haces esto ahora?” maldecía yo, pero un silbido de Jo me alertó, así que permanecí en silencio. Mierda, una sirena de policía se oía en la distancia.

-¡Jo! ¡Mierda tío, esto no arranca!-grité, mientras accionaba la apertura del capó y me asomaba-. ¡Mierda, mierda, mierda! -grité de nuevo. El motor llevaba un buen rato chorreando un líquido que yo desconocía qué podía ser y me quedé de piedra, porque la sirena se oía cada vez más cerca.

De repente, Jo salió de la Ranger y me gritó que fuese corriendo hacia el coche, y mi cuerpo así reaccionó.

Me crucé con Jo, que venía disparado hacia el Suburban.

-Sube al coche, yo me encargo -me dijo, y hasta que no me subí en el asiento trasero con Zoé y con Nico, no me di cuenta de que Jo llevaba la escopeta del viejo en la mano.

Empecé a gritarle que qué iba a hacer, pero la explosión ahogó mis gritos, junto a las sirenas de policía que nunca vimos llegar. Joachim había disparado contra el depósito lleno de gasolina del Suburban, volando por los aires todo rastro de nuestra presencia allí así como del abuelo homicida que casi nos pega un tiro. ¿No es paradójico que te hagan desaparecer con tu propio arma?

Mientas las chicas y yo observábamos hipnotizados los pedazos de hierro y plástico cayendo al suelo en llamas, Jo volvió corriendo al coche y rápidamente desaparecimos del lugar, abriéndonos paso por el camino de piedra que nos alejaba de la granja y diez kilómetros después nos incorporamos a la carretera y después a la autopista, llegamos a Sunshade Hills, donde en lugar de venderle el Suburban al tipo que Zoé conocía, volvimos a cambiar las matrículas de la Ranger por unas falsas, y la pintamos de color azul. En lugar de ganar quinientos dólares, perdimos trescientos cuarenta y siete con cincuenta, pero al menos pudimos pasar la noche escondidos y en una cama. Con todo, allí adonde íbamos no necesitábamos dinero, así que nos daba igual. Además, la seguridad era lo primero.

Despertamos antes de que saliese el sol del día siguiente, y con un café sin azúcar y un par de sándwiches, nos subimos a la Ranger. Las chicas estaban mucho más tranquilas, y Joachim y yo nos habíamos quedado despiertos casi toda la noche hablando con el dueño del taller, que se llamaba Ray, así que Zoé cogió el volante.

Por fin poníamos rumbo de verdad hacia nuestro futuro hogar.