Archivo mensual: julio 2013

Amor

Ella dijo: “¿Me quieres?”

Y yo dije que sí.

“Lo siento” me dijo,

y me eché a reír.

 

Ella preguntó: “-¿Qué es el amor?

-El amor es algo así como un ataque al corazón

 

Un asalto, un atraco, una guerra y un ciclón.

 

“-¿De verdad?” dijo ella.

“-Que me ahorquen si miento.

-Qué divertido, ¿no?

-No te creas, pero lo intento.”


La Boda.

Compartíamos coche un abogado cabrón, una loca depresiva, una adolescente indiferente, un viejo médico, un perro y yo, que era un poco de todos.

Pero claro, ninguno estaba de resaca, no como yo. Qué raro. Anoche pensé que el viaje sería más llevadero si invertía las tres horas de coche  en dormir, y qué mejor manera de dormir que atormentado por la resaca y hasta el culo de ibuprofeno.

Viajábamos hacia la nada, hacia lo anodino, lo casto y lo divino. O en otras palabras, íbamos a una boda cuyos protagonistas yo no conocía, pero eso es normal. Yo era el fotógrafo, y trabajaba en una empresa que cubría eventos. Como llevaba poco tiempo, me destinaban a lo más cutre y sencillo que había. En este caso, una boda hippiesca de dos jóvenes adinerados demasiado nihilistas y espirituales para una ceremonia convencional. Y allá que íbamos, todos en el coche del doctor, que aunque era el padrino, no llevaba un atuendo especialmente elegante. Unos vaqueros, unos zapatos náuticos y una camisa roja de cuadros, y ya está. Bigote y peinado con raya a la izquierda. Los novios no querían glamour ni apariencias. Eran unos soñadores.

La disposición de los asientos era curiosa: El viejo médico conducía, situándose el abogado cabrón en el asiento del copiloto. Detrás del conductor, iba, contemplando el mundo pasivamente, su hija de dieciséis años, y a su derecha nos situábamos la loca y yo.

El abogado cabrón, con aspecto de cabrón y voz de locutor de radio, no dejaba de hablar por teléfono, y yo me estaba poniendo malo, aunque gracias a él, el resto guardábamos silencio cómodamente si n tener que preocuparnos de rellenar el viaje con estúpidas anécdotas o comentarios sobre el infernal sol que abrasaba la tierra. El caso es que gracias a su eterno diálogo, el doctor podía conducir tranquilamente sin que la loca de mi izquierda comenzara a narrarnos su interminable y monótona vida como si de una novela de Ken Follet se tratase, lo cual yo agradecía sinceramente, aunque el tipo no me cayese especialmente bien.

Proseguimos así durante algunos kilómetros,  hasta que por fin, el apocalipsis llegó. El abogado cabrón terminó de trabajar por vía telefónica, y tras colgar, se giró, sonrió a la loca como el auténtico y calvo caballero que era y la saludó.

-Hola, Cindy. ¿Qué tal estamos?

MALDITO HIJO DE PUTA –pensé para mis adentros-. AHORA NO SE CALLARÁ EN TODO EL VIAJE. EN TODO EL JODIDO VIAJE. JODER. YO QUERÍA DORMIR. Maldije hasta que la loca acalló mi monólogo interior.

-Hola, señorito James –contestó, ruborizándose-. Pues bueno, ya sabe usted, como siempre. Unos días mejor que otros.

-Vaya vaya, así que sí, ¿eh? Bueno, hoy es un día para disfrutar, que la ceremonia es en un sitio precioso, y el convite será fabuloso, le doy mi palabra.

-Eso es estupendo –contestó ella, añadiendo una estúpida risita nerviosa-. No sé qué me ponía más enfermo, si la manera de hablar de ambos, esa estúpida risita, o la manera en la que le miraba él. Me apuesto lo que sea a que no le importaría romper su matrimonio a cambio de metérsela  por el culo a esa zorra cuarentona. Y era bastante irónico, porque ella parecía dispuesta a hacerlo… a cambio de una pequeña cantidad de efectivo.

Su pelo era rizado, y de un color amarillo paja, con unas raíces negras que denotaban falta de tinte desde hacía tiempo. Su piel era de un blanco cetrino, y aunque su rostro vestía una piel seca y arrugada, su forma de hablar y sus gestos insinuaban que entre las piernas tenía un agujero dispuesto a dar una calurosa y húmeda bienvenida a cualquier joven que quisiera empotrarla.

Gracias a no sé qué fuerza mística desconocida, la conversación no pasó a mayores, y el doctor encendió la radio del coche. Leonard Cohen comenzó a cantar Hallelujah mientras yo cantaba aleluya también, pero en mi mente, mientras me hacía el dormido.

Mientras el abogado tarareaba las letras de Cohen, me vino a la cabeza una idea de lo más descabellado. ¿Qué ocurriría si Cindy la loca pasaba mucho tiempo más sin hablar? Me acordé de la escena de Pulp Fiction en la que Julius le vuela la cabeza a Marvin sin querer. Pero sin pistola. Solamente su cabeza explotando por sobrecarga de estúpidas ideas y tiñendo todo el interior del viejo Volvo de un rojo ardiente, mientras el doctor perdía el control del coche y todos gritábamos enloquecidos hasta el momento de estrellarnos… Sería fabuloso.

Continué sumergido en mi ensoñación hasta que un frenazo (esta vez real) me sobresaltó.

Abrí los ojos poco a poco, frotándome los párpados como quien se despereza un sábado por la mañana, y para mi desgracia ahí seguía ella, mirándome y sonriéndome como si fuese su hijo. O peor, un amigo de su hijo a punto de caer en sus pedófilas garras.

-¿Ya hemos abierto los ojitos, guapo? –me dijo, insinuante, enseñando sus dientes, teñidos de un amarillo anacarado por el tabaco.

-¿Mmhhh?-Gruñí yo, mientras asentía con resignación y le regalaba un trozo de falsa sonrisa para hacer las cosas un poco menos incómodas.

Me erguí y me senté recto en mi asiento, mientras lo que más temía, llegó por fin: la loca empezó a hablarme de su vida. De su marido, que era un monstro y la pegaba, de sus estupendos hijos, que debían ser algunos años mayores que yo. Uno era guardia civil, y el otro pintor. “Vaya dos individuos de provecho”, pensaba yo. Pero claro, con aquella madre, atormentada por su pasado y abandonada por su progenie, loca, medicada e insustancialmente verborreica, era imposible convertirse en un ciudadano medianamente decente. Me sorprendía que no hubieran terminado asesinándola o con ambos pies en el mundo del crimen.

Mientras me contaba sus desventuras, acercaba cada vez más su cara a la mía, y su perfume barato inundaba mi pituitaria, ahogándome por  momentos. Toda ella me causaba desprecio, pero sus brazos se juntaban en el estrecho asiento, y sus pechos emergían del vestido como intentando atraparme, grandes y turgentes. Como hombre normal y corriente, he de admitir que sea como sea una mujer, sus pechos siempre llamarán la atención de tus ojos.

Así me pasé unos diez minutos, debatiéndome entre sumergir mi cabeza y mi resaca en aquellos grandes pechos o apartar a aquella zorra charlatana de mi lado. Hasta que tuve una fantástica ocurrencia. Palpé el bolsillo de mi camisa y ahí estaba mi petaca, rebosante de whiskey.  Ofrecí un trago a los viajeros, que aceptaron gustosos, y tras terminar la última gota, empecé a fumar un cigarrillo tras otro hasta que llegamos a la ceremonia. El doctor aparcó a un lado de la casa, junto a los coches de otros invitados que ya habían llegado.

Nada, no había ocurrido nada. Ni una explosión craneal, ni un accidente de coche devastador, ni un ciclón, ni un rayo ni un golpe de estado. Habíamos llegado a la estúpida boda hippiesca. Me tomé otro ibuprofeno y armé la cámara. Hora de trabajar.