Archivo mensual: septiembre 2014

Introspección en retrospectiva: Sobre drogas, Bukowski y mi madre.

He empezado este párrafo muchas veces, pero siempre me atasco. Supongo que siempre será más fácil hablar de los demás que de uno mismo, pero bueno: Luces, cámaras, acción. O mejor dicho, cigarrillos, café, y ordenador. Toma número cuarenta y siete: Introspección. Acabo de apurar el primer cigarrillo de la mañana, así que ya son cinco minutos que tengo que salir a correr mañana. Así con cada cigarrillo, a ver si dejo de fumar de una puñetera vez. Es una mierda, porque fumar me gusta más que a un tonto un lápiz, pero bueno, dicen que es malo, y cuando la comida empieza a no saberte igual, cuando comienzas a no poder oler cosas como antes (y esto es una putada, porque me fascinan los olores) o cuando al terminar de echar un polvo estás chorreando sudor y jadeando como Filípides, a punto de vomitar los pulmones, te planteas que deberías dejarlo, o al menos, reducir la dosis lo máximo posible.

Pero claro, con las drogas, las cosas son así: ¿Dejarlas del todo? Es bueno, pero muchas veces las drogas han empezado a formar parte de nuestras vidas, y nos gustan. En mi caso es sólo el tabaco, pero un cigarrillo hace cualquier momento más interesante, y eso es así. Si fumaseis, lo sabríais.

En fin, no sé cómo he empezado a divagar de semejante manera, pero bueno, siempre me pasa, así que digamos que es algo normal. Que yo venía aquí a hablar de mí.  Cuesta, ¿eh? Sobre todo cuando tengo que ponerme a pensar en cómo he llegado hasta aquí. Pues bueno, soy un chico de veintiún años, y no creo que sea el momento de definirme con nada más, pues todo lo que hago o todo lo que podría hacer, son sólo accesorios de lo que soy. Sigamos. A ver, qué más. Mi vida ha pasado por varios altibajos últimamente. Hace poco más de una semana acabé con una relación para la que creía que estaba preparado, y en efecto, lo sigo creyendo, pero bueno. Las cosas no funcionan siempre, y si uno solo no funciona, ¿cómo va a funcionar con los demás? Ese es uno de mis grandes problemas ahora mismo: me falta paciencia. De hecho, creo que es algo que nos pasa a todos, o a casi todos los jóvenes. Somos una generación instantánea. Los cafés se hacen en cinco minutos, en cualquier momento puedes encontrar una persona con la que hablar de gilipolleces o con la que echar un polvo, pero ¿dónde queda el encanto de quedarse con ganas? No existe para nosotros. Pocas veces nos conformamos con esperar. Si no tienen algo que queremos en un sitio, lo buscamos en cualquier otro, ya sea un abrazo, unos zapatos o un poco de diversión. La paciencia ya no existe, y pecamos de alimentarnos a base de placebos, cuando lo verdaderamente bueno está aún en camino. Acabo de encender el segundo cigarrillo, y ya son diez minutos que tengo que correr mañana.

Siempre me ha gustado escribir, pero estos últimos meses sólo he escrito mierda desesperanzadora y depresiva, he estado  durmiendo mal, y viviendo peor, pero bueno, eso ya está más o menos arreglado. También hubo momentos felices, porque gracias a _____, nunca me han faltado amigos. He fracasado en la universidad, aunque tampoco ha sido algo estrepitoso; ahora tengo ganas de hacer las cosas bien, y la relación con mi familia es mejor de lo que ha sido en varios años. Mi hermana siempre me ha apoyado, y mi padre, aunque no ha sabido cómo hacerlo, parece “entender” ahora cómo he estado durante este tiempo.

No he estado siempre acostándome con la desidia y el rechazo por la raza humana, hubo un tiempo en el que pensaba en algo más que los fines de semana y las piernas de alguna mujer. Hubo un tiempo en el que tenía otras cosas que hacer. Tenía alguien a quien cuidar, y tenía alguien que me cuidaba, y con eso me conformaba: Pensando que era demasiado inteligente y que en un futuro podría hacer todo cuanto quisiera. Lo malo es que cuando el futuro llegó, mi madre ya no estaba, y ella no era sólo a quien cuidaba cada día: Mi madre era la única persona que sabía guiarme, quererme y tranquilizarme diciéndome que todo saldría bien, aunque supiéramos que no iba a ser así. Pasé los últimos meses de su vida, con mis dieciocho años recién cumplidos, haciendo poco más que cuidarla durante todo el día, y deseando que se muriese ya, porque no podía verla sufrir más. Supongo que ver cómo una persona muere delante de ti te cambia la vida, y eso hizo que cuando desperté, a la mañana siguiente, y mi padre me dijo: “Ya está, mamá se ha ido”, yo sólo sintiera alivio. Absurdo, ¿verdad? La única persona capaz de apaciguar mis guerras interiores, de ayudarme a sentir y a aprender a vivir como yo querría, se había ido, y yo sólo me sentía bien. Juzgadme si queréis, pero mi conciencia está tranquila: Cuando llevas desde los siete años viendo cómo la persona que más quieres en el mundo se va derrumbando poco a poco, te arrancas el corazón sin saberlo, y lo guardas en un iceberg, por lo que pueda llegar a pasar. Así estoy ahora, intentando por todos los medios posibles, llegar a lo más profundo del hielo, para recuperar la pasión, la risa, el valor, y el dolor; porque el dolor, os diré, jode sentirlo, y jode aún más ver cómo la gente se regodea en su amargura, pero aun así, es necesario.

Cuando empecé a escribir con más asiduidad, me di cuenta de que no escribía cursi, ni recargado, escribía directamente lo que quería escribir: sin florituras, sin gilipolleces, sin paja. Y entonces me di cuenta de que no era una persona al uso. Amigos y lectores me comparaban con Bukowski, pero yo no escribo como él. Cuando lees a Bukowski, te das cuenta de que es un pobre chico que nunca recibió el cariño de sus padres, que vivía enfadado con el mundo, y que lo único que quería era ser querido. Bukowski es infantil. Yo también puedo ser infantil, pero no soy Buko. Yo no siento como las demás personas, y aunque suene ególatra, o creído, o misántropo, muchas veces me hallo rodeado de amigos, de amantes, o de gente sin más, y los observo desde una burbuja, como si tuviese una membrana que rechazase todo tipo de estímulo que en cualquier otra persona despertaría simpatía, o al menos, empatía. Me siento desplazado, y  aunque ellos no tengan la culpa, es una mierda, porque escuece en el puto alma sentirse apartado por algo que desconoces, algo que no tiene presencia física, ni casi presencia mental, pero te impide relacionarte contigo mismo y con el mundo como es debido. Pero bueno. Cada uno tenemos nuestros demonios, y el mío es no sentir. No os equivoquéis: no soy un psicópata, o un sociópata: Yo aún creo en cosas que pueden salvarme, o al menos, hacerme sentir alivio.

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