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Autobiografías breves IV: Abandono

Junio. El fragor de una batalla interior me revuelve el estómago.

Una guerra civil me destroza; nos destroza. Dos bandos llenos de incertidumbre luchan, no para ganar, sino para perder menos que el otro. Unos luchan por quedarse, por descubrir qué será del futuro, por construir un mundo mejor, pero los otros, aterrorizados, luchan por escapar, por huir antes de ser abandonados, antes de que sea demasiado tarde. Al final, un bando seimpondrá al otro,  pero no habrá una victoria válida si al final resulta que los vencidos eran los que estaban en lo cierto. Yo, a lo lejos, observo. 

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Delirios nocturnos.

¿Por qué sigo fumando a estas horas? ¿Por qué soy incapaz de vaciar el cenicero aunque esté hasta arriba de colillas apestosas? ¿Por qué soy incapaz de irme a dormir a una hora razonable aunque anochezca a las siete de la tarde? ¿Por qué por las mañanas soy incapaz de oír un despertador? ¿Por qué no puedo escapar de las garras de la cama hasta que ya no son horas de hacer nada? Supongo que todo eso es explicable por el hecho de que soy capaz de abrir una botella de vino a estas horas. O porque soy incapaz de dormir cuando quiero. No lo sé. ¿Por qué cuando queremos echar un polvo o que nos abracen, no hay nadie? ¿Y por qué cuando podemos follar no tenemos tantas ganas como en el momento que provocó que buscásemos alguien con quien hacerlo? Bueno, las ganas siempre están ahí, pero unas veces hay más, y otras menos. ¿Por qué nos enganchamos a sustancias y/o personas? ¿Por qué somos dependientes? Porque no os engañéis, todos y todas dependemos de algo. ¿Qué es bueno y qué es malo? “Esto es bueno”. “Esto es malo”. No. Las cosas no son “buenas” o “malas” porque lo diga vuestra familia, vuestra vecina cotilla, o el Papa. Los actos tienen consecuencias, y éstas pueden ser útiles, o dañinas. O simplemente pueden ser inocuas, inofensivas, neutras. Como prefiráis decirlo. El bien y el mal son conceptos creados desde la debilidad y el miedo. Y esto tampoco es malo, ni bueno. Es HUMANO, y a veces se nos olvida que vivir no es tan fácil como en las películas.


Astrofísica para seres humanos.

¿Recordáis aquel tiempo en el que erais normales? Yo tampoco. Desde que tengo conciencia, había pensado que las personas podían ser catalogadas según sus gustos, su personalidad, o sus comportamientos. Después empecé la universidad y me di cuenta de que aquello era una gilipollez.

Cada persona es una galaxia. Hay galaxias de todas las formas y tamaños, aunque por lo general, las galaxias crecen con el paso del tiempo. Tenemos una estrella interior, a cuyo alrededor, giran planetas: nuestras ilusiones, nuestros rasgos y otras muchas cosas. Los planetas pueden tener satélites, naturales, o creados por nosotros mismos, que también orbitan a su alrededor. Tenemos campos de asteroides llenos de traumas por los que es imposible transitar y hermosos cometas llenos de pasión, que si se acercan demasiado a un planeta, pueden dañarlo, o incluso destruirlo, barriendo su existencia del sistema. ¿Qué pasaría entonces? Donde había un gigantesco planeta, ahora sólo hay cenizas, pedazos que han sobrevivido a la desintegración más violenta, pero nada que ver con la gran semiesfera que existió previamente.

También existen elementos más allá de la galaxia: de hecho, en el universo existen millones de galaxias, y miles de meteoritos de realidad, que pueden causar estragos si los planetas no tienen las defensas adecuadas. ¿Sabéis qué es lo más peligroso de todo esto? Cuando dos galaxias se acercan demasiado. Cuando una galaxia entra en contacto con otra, los campos gravitatorios de sus planetas se unen, y comienzan a danzar unos alrededor de otros; los pequeños comienzan a orbitar en torno a los más grandes, y si se sincronizan bien, todo funciona como un reloj de maquinaria suiza. Sin embargo, si algún asteroide u otro elemento como un satélite de una de las dos galaxias, provoca un desequilibrio en los movimientos de los cuerpos, la nueva mega galaxia debe luchar por reorganizarse, y si no se consigue, el choque interplanetario provoca explosiones de gran potencia que pueden destruir casi completamente una o ambas galaxias.

Pero hablemos de la estrella de una galaxia. La estrella es el epicentro de la galaxia, aunque las galaxias, muchas veces, desconozcan u omitan su existencia. Las estrellas son el núcleo, vida y muerte. Si un planeta se acerca demasiado a la estrella, puede sufrir daños o incluso ser eliminado, pero si dos estrellas chocan, puede tener lugar la más hermosa de las creaciones, o la más mortal de las explosiones, y por eso el riesgo que supone el acercamiento entre galaxias. Existen estrellas más grandes, más pequeñas, más calientes o más frías, y cuando una estrella muere, el sistema entero acaba falleciendo, y siendo visible su muerte a gran distancia, sin embargo, esta información muchas veces llega mucho tiempo después a otras galaxias, debido a la distancia que exista entre ellas.

Las estrellas no son buenas ni malas per se. Son peligrosas en las distancias cortas, pero no convierten tampoco a la galaxia en algo bueno o malo. En todo caso, existen planetas más útiles o más dañinos para la vida de cada galaxia, pero nada más. Las galaxias no entienden de ética o moral, bien o mal. Es inútil catalogar galaxias, pues cada una de ellas siempre estará formada por la misma materia, pero no se parecerá en nada a sus hermanas, o a sus vecinas.


Introspección en retrospectiva: Sobre drogas, Bukowski y mi madre.

He empezado este párrafo muchas veces, pero siempre me atasco. Supongo que siempre será más fácil hablar de los demás que de uno mismo, pero bueno: Luces, cámaras, acción. O mejor dicho, cigarrillos, café, y ordenador. Toma número cuarenta y siete: Introspección. Acabo de apurar el primer cigarrillo de la mañana, así que ya son cinco minutos que tengo que salir a correr mañana. Así con cada cigarrillo, a ver si dejo de fumar de una puñetera vez. Es una mierda, porque fumar me gusta más que a un tonto un lápiz, pero bueno, dicen que es malo, y cuando la comida empieza a no saberte igual, cuando comienzas a no poder oler cosas como antes (y esto es una putada, porque me fascinan los olores) o cuando al terminar de echar un polvo estás chorreando sudor y jadeando como Filípides, a punto de vomitar los pulmones, te planteas que deberías dejarlo, o al menos, reducir la dosis lo máximo posible.

Pero claro, con las drogas, las cosas son así: ¿Dejarlas del todo? Es bueno, pero muchas veces las drogas han empezado a formar parte de nuestras vidas, y nos gustan. En mi caso es sólo el tabaco, pero un cigarrillo hace cualquier momento más interesante, y eso es así. Si fumaseis, lo sabríais.

En fin, no sé cómo he empezado a divagar de semejante manera, pero bueno, siempre me pasa, así que digamos que es algo normal. Que yo venía aquí a hablar de mí.  Cuesta, ¿eh? Sobre todo cuando tengo que ponerme a pensar en cómo he llegado hasta aquí. Pues bueno, soy un chico de veintiún años, y no creo que sea el momento de definirme con nada más, pues todo lo que hago o todo lo que podría hacer, son sólo accesorios de lo que soy. Sigamos. A ver, qué más. Mi vida ha pasado por varios altibajos últimamente. Hace poco más de una semana acabé con una relación para la que creía que estaba preparado, y en efecto, lo sigo creyendo, pero bueno. Las cosas no funcionan siempre, y si uno solo no funciona, ¿cómo va a funcionar con los demás? Ese es uno de mis grandes problemas ahora mismo: me falta paciencia. De hecho, creo que es algo que nos pasa a todos, o a casi todos los jóvenes. Somos una generación instantánea. Los cafés se hacen en cinco minutos, en cualquier momento puedes encontrar una persona con la que hablar de gilipolleces o con la que echar un polvo, pero ¿dónde queda el encanto de quedarse con ganas? No existe para nosotros. Pocas veces nos conformamos con esperar. Si no tienen algo que queremos en un sitio, lo buscamos en cualquier otro, ya sea un abrazo, unos zapatos o un poco de diversión. La paciencia ya no existe, y pecamos de alimentarnos a base de placebos, cuando lo verdaderamente bueno está aún en camino. Acabo de encender el segundo cigarrillo, y ya son diez minutos que tengo que correr mañana.

Siempre me ha gustado escribir, pero estos últimos meses sólo he escrito mierda desesperanzadora y depresiva, he estado  durmiendo mal, y viviendo peor, pero bueno, eso ya está más o menos arreglado. También hubo momentos felices, porque gracias a _____, nunca me han faltado amigos. He fracasado en la universidad, aunque tampoco ha sido algo estrepitoso; ahora tengo ganas de hacer las cosas bien, y la relación con mi familia es mejor de lo que ha sido en varios años. Mi hermana siempre me ha apoyado, y mi padre, aunque no ha sabido cómo hacerlo, parece “entender” ahora cómo he estado durante este tiempo.

No he estado siempre acostándome con la desidia y el rechazo por la raza humana, hubo un tiempo en el que pensaba en algo más que los fines de semana y las piernas de alguna mujer. Hubo un tiempo en el que tenía otras cosas que hacer. Tenía alguien a quien cuidar, y tenía alguien que me cuidaba, y con eso me conformaba: Pensando que era demasiado inteligente y que en un futuro podría hacer todo cuanto quisiera. Lo malo es que cuando el futuro llegó, mi madre ya no estaba, y ella no era sólo a quien cuidaba cada día: Mi madre era la única persona que sabía guiarme, quererme y tranquilizarme diciéndome que todo saldría bien, aunque supiéramos que no iba a ser así. Pasé los últimos meses de su vida, con mis dieciocho años recién cumplidos, haciendo poco más que cuidarla durante todo el día, y deseando que se muriese ya, porque no podía verla sufrir más. Supongo que ver cómo una persona muere delante de ti te cambia la vida, y eso hizo que cuando desperté, a la mañana siguiente, y mi padre me dijo: “Ya está, mamá se ha ido”, yo sólo sintiera alivio. Absurdo, ¿verdad? La única persona capaz de apaciguar mis guerras interiores, de ayudarme a sentir y a aprender a vivir como yo querría, se había ido, y yo sólo me sentía bien. Juzgadme si queréis, pero mi conciencia está tranquila: Cuando llevas desde los siete años viendo cómo la persona que más quieres en el mundo se va derrumbando poco a poco, te arrancas el corazón sin saberlo, y lo guardas en un iceberg, por lo que pueda llegar a pasar. Así estoy ahora, intentando por todos los medios posibles, llegar a lo más profundo del hielo, para recuperar la pasión, la risa, el valor, y el dolor; porque el dolor, os diré, jode sentirlo, y jode aún más ver cómo la gente se regodea en su amargura, pero aun así, es necesario.

Cuando empecé a escribir con más asiduidad, me di cuenta de que no escribía cursi, ni recargado, escribía directamente lo que quería escribir: sin florituras, sin gilipolleces, sin paja. Y entonces me di cuenta de que no era una persona al uso. Amigos y lectores me comparaban con Bukowski, pero yo no escribo como él. Cuando lees a Bukowski, te das cuenta de que es un pobre chico que nunca recibió el cariño de sus padres, que vivía enfadado con el mundo, y que lo único que quería era ser querido. Bukowski es infantil. Yo también puedo ser infantil, pero no soy Buko. Yo no siento como las demás personas, y aunque suene ególatra, o creído, o misántropo, muchas veces me hallo rodeado de amigos, de amantes, o de gente sin más, y los observo desde una burbuja, como si tuviese una membrana que rechazase todo tipo de estímulo que en cualquier otra persona despertaría simpatía, o al menos, empatía. Me siento desplazado, y  aunque ellos no tengan la culpa, es una mierda, porque escuece en el puto alma sentirse apartado por algo que desconoces, algo que no tiene presencia física, ni casi presencia mental, pero te impide relacionarte contigo mismo y con el mundo como es debido. Pero bueno. Cada uno tenemos nuestros demonios, y el mío es no sentir. No os equivoquéis: no soy un psicópata, o un sociópata: Yo aún creo en cosas que pueden salvarme, o al menos, hacerme sentir alivio.


Coma.

Llevo meses en un coma profundo. No es un coma cualquiera: Soy casi consciente de mis actos, de lo que me rodea y de lo que siento. Casi. A mi alrededor sucede una infinidad de cosas que puedo percibir, pero me son totalmente ajenas. Es como si viese la realidad desde una pantalla. Como si supiese que me hallo dentro de una caverna platónica y que la realidad está más allá, pero no sé salir. Estoy dentro de un laberinto de espejos que reflejan un rostro horrible, demacrado, anestesiado y perdido. No sé por qué me siento así, por lo que no sé cómo abrirme paso y salir de aquí. Mi pulso es tembloroso y sólo encuentro alivio en el dormir, en apagar mi cerebro con algo que calme mi actividad cerebral compulsiva. Mi cerebro pasa las veintiséis horas del día hiperactivado, inmerso en una skiamakhia contra los errores que he cometido a lo largo de mi vida. Sé que hay vuelta atrás, que todo tiene solución, pero soy incapaz de dar el primer paso. Ojalá existiese un botón para desconectar nuestros cerebros, al menos durante un rato. Vivo en una bóveda de cristal cerrada herméticamente, y la solución a mis problemas se encuentra perdida en las nubes. ¿O es más bien al revés? Vivo adormilado, flotando entre vapor de agua y otras sustancias, y dentro de la bóveda existe una masa amorfa y heterogénea que contiene los planes de mi vida, y no sé cómo llegar a ella. Entre las nubes tras las que me oculto, hay sombras que me persiguen sin descanso, y sólo puedo esconderme como un animal malherido, evitando el contacto con ellas cada día, hasta que llega la noche y me siento seguro, porque en la oscuridad las sombras no pueden verme. Los días pasan todos iguales, mientras me castigo por no ser capaz de alcanzar esa metamateria que me permita vivir en paz conmigo mismo y con el resto del mundo. Estoy perdido en un laberinto, y no me queda más remedio que seguir arrastrándome. No sé cómo he llegado hasta aquí, así que no sé salir; tan sólo espero que exista una salida.


Domingos

Hoy era domingo, pero ha sido extraño. Normalmente los domingos me levanto destrozado, “esguarnío”, como diría mi padre, pero no. Ni siquiera tenía un poco de resaca. ¿Significa que estoy dejando a un lado el alcoholismo lúdico-festivo que caracteriza a mi generación? Sinceramente, no lo creo. Anoche bebí poco, bastante menos de lo habitual, pero la noche tampoco estuvo como para celebrar grandes cosas. De hecho, en general, un fin de semana que prometía ser épico, ha sido un cúmulo de altibajos, de momentos muy divertidos y momentos muy amargos. Este fin de semana tenía un altísimo potencial que no hemos sabido aprovechar, casi nada ha salido como esperábamos. De una gran fiesta a quedarme dormido en el sofá; de una gran noche con amigos y sábanas compartidas a encuentros fortuitos llenos de incomodidad, llegar a casa con ganas de asesinar a alguien, y finalmente dormir solo. Hoy me he levantado como cualquier domingo, y no he hecho gran cosa. Me he despertado a la hora de comer, me he puesto la misma ropa que me había quitado unas ocho horas antes, y me he ido al McDonalds. El resto del día ha transcurrido entre películas y series pendientes mientras esperaba una llamada de teléfono para arreglar el lío que tenía en la cabeza. Los domingos son para solucionar las cagadas de los sábados por la noche. Y para los amores no correspondidos. Y para sufrir. Y para despedirte durante cinco días de la gente que sólo puedes ver los fines de semana. Los domingos son para muchas cosas, pero creo que poca gente se ha dado cuenta de ello. Este domingo me he levantado como cualquier otro domingo, pero me voy a dormir con la sensación de que, aunque no todo salga a la perfección, se puede hacer mejor. Se puede poner más de nuestra parte. No sé ni lo que digo. ¿Será patológico ser optimista un domingo? Llamadme enfermo, pero yo creo que no.


Guía para el caos: Introducción

¿Qué? Nada. Nada me decía nada. Veía la ciudad en la que vivo y me quedaba igual. Faltaba algo. Demasiada gente anónima aglomerada en bloques de pisos, mientras pseudofamosos que cobran oro por hacer nada viven en lujosos áticos en el centro de la ciudad. Paso una media de dos horas al día notando algunos síntomas de asfixia dentro de un tren que siempre llega tarde entre centenares de zombies multiétnicos y sin embargo, igual de anodinos, igual de cansados de vivir. ¿Era yo diferente? Por aquel entonces no mucho, aunque mi yo narcisista quería pensar lo contrario, pero eso ahora da igual.

La gente normalmente suele pertenecer a un círculo social determinado, pero yo no me veía encajando en ninguno. Ya podía juntarme con lo más selecto en un inmenso chalet de una zona residencial, beber ginebra y ron de cuarenta euros la botella, o ir a un concierto de hardcore con unos punks de barrio que cuentan cada trago de una litrona que comparten. La verdad es que no hay ninguna diferencia, y ningún plan me llamaba más que otro.

“Todo se mezcla al máximo, y si no, mírame a mí: llevo unas zapatillas agujereadas y unos vaqueros viejos mientras escucho la música que un iPad elige por mí. Ahora mismo estoy apagado o fuera de cobertura. Sé que podría hacerlo todo de manera diferente, pero hay algo que me arrastra a hacerlo así. Me consuelo pensando que puedo cambiar en cualquier momento, y así puede ser, efectivamente. Sólo necesito algo que me motive, algo que despierte a mi lado maníaco que tantas y tantas veces me ha salvado el culo en los estudios y en general. Ojalá le pasase a todo el mundo, pero no es así; vivimos casados con el cansancio, tan cansados que cuanto más duermes, menos quieres hacer. Los jóvenes no pueden hacer su vida, y los adultos no tienen más remedio que mantener a hijos que deberían haber dejado el nido hace mucho tiempo. Todos queremos ser diferentes, pero cuando hay alguien realmente diferente somos reacios a aceptarle tal y como es. No somos culpables, es nuestra naturaleza, que emerge para defendernos de lo extraño, de lo desconocido; pero lo natural no siempre es lo mejor”.

Ese era yo. Sentía que no iba a ninguna parte, que no hacía nada. Sin embargo, hará un año, más o menos, encontré una gente con la que las cosas iban a cambiar rápidamente.


Trescientas palabras

 

El sol me despierta implacable. Abro los ojos de golpe y tengo que volver a cerrarlos. Siento que me va a explotar la cabeza. ¿Qué pasó anoche?  Y yo qué sé.

Me pongo las gafas de sol y bajo un poco la persiana. Eddie, mi compañero de habitación, se ha ido y se ha llevado todo su equipaje. Recuerdo que su autobús salía a las ocho. Las diez en el reloj. “Hasta pronto, Ed”, pienso con pena. Recuerdo que me ha despertado al irse, enfadado. ¿Por qué estaría enfadado? Cuando voy a la cocina lo descubro. Todo hecho un desastre, y un agujero en la encimera. Mi mente recibe una inundación de sucesos inconexos. El concierto de Bad Religion, el whisky, la cerveza, subir a Lena a hombros, terminar agotado pero feliz, sus gestos, su guiño, su sonrisa, el masaje que me pidió al volver al piso, el beso de buenas noches, y follar en la cocina intentando hacer el menor ruido posible. Creo que eso fue lo que cabreó a Ed… Qué locura de noche. Fui al cuarto de las chicas. No quedaba nadie. Lena era la mejor amiga de mi mejor amiga, pero nunca nos habíamos conocido… hasta anoche.


Ruinas, II.

Irrumpe en mis dominios,

sumérgete en mi caos.

Libera a la bestia

pero contrólala a tu antojo.

Eres omnipotente en mi cabeza,

un ser de fábula, de cuento,

un gigantesco huracán que destroza mis cimientos.

Pero aquí sigo.

Plántame cara,

júrame odio eterno.

No me importaría

luchar hasta desvanecernos.

Eres un monumento erigido a lo que nunca tendré.

¿Por qué no vienes y me destrozas la vida un rato?

Átame, desátame;

desármame por dentro,

pues no poseo más que este pedazo del infierno

que contemplas,

y te enciende,

y te asustas,

y me gusta.

Tus gemidos son todo lo que mi corazón busca.


Notas del odio, 1.

Soy un desastre. Un completo desastre. Diría un desastre natural, pero en este caso mi delirio de grandeza no es acertado, ya que la adjetivación no tiene ningún sentido. De hecho, lo que falla en mi caso no es mi parte natural (puesto que estoy bastante satisfecho con mi fenotipo), sino mis habilidades sociales.

No me refiero tampoco a que sea excesivamente tímido ni a que sea incapaz de mantener una conversación de rigor; escribo a cerca de, digamos, aspectos aprendidos de nivel superior que son básicos para la vida en sociedad.

Cuando suena el despertador, muchos días soy incapaz de ponerme en pie y comenzar el día. Los horarios no significan nada para mí a día de hoy. Soy incapaz de llegar puntual a cualquier cita, reunión, clase o evento, y no sé si es porque soy un cabrón vago y autoindulgente que ha llevado una tendencia hedonista al extremo o porque sufro algún desorden más serio. Tened en cuenta que estoy escribiendo esto desde un tren que llega una hora y media tarde al comienzo de las clases de hoy.

Cualquier planificación me resulta difícilmente puesta en práctica. Me he levantado a las seis y media para correr, puesto que si no me veo buen cuerpo ya termino de hundirme, pero llovía, así que hecho café, he despertado a mi familia y me he vuelto a la cama hasta, teóricamente, las siete. A las ocho y media he abierto los ojos, he maldecido y malhumoradamente me he puesto en pie.

Después de desayunar, me quedaban siete minutos para ducharme, vestirme y pirarme a clase de una puta vez, pero no, mi instantaneísmo me ha podido y me he liado un cigarro, que me he fumado tranquilamente en la ducha mientras oía música.

Ha sido divertido, pero ahí tenéis otra vez la misma historia: Soy incapaz de manejar el tiempo del que dispongo. Por contra, me sumerjo en él como quien se deja arrastrar por una ineludible corriente de agua, y dejo que me manipule a su antojo, mientras malgasto mi existencia haciendo cualquier cosa que no incluya alguna de mis verdaderas obligaciones.

No sólo me pasa con la cuadrícula temporal en la que vivimos inmersos; también tengo otros achaques, como la incapacidad de mantener relaciones a largo plazo. No sólo sentimentales, sino relaciones más o menos humanas en general. 

Hablo sobre demasiadas banalidades con demasiada gente que en realidad no tienen ninguna trascendencia en mi vida, pero de eso puedo culpar a las redes sociales y además, lo discutiremos otro día.