Archivo mensual: enero 2016

Sobre la inevitabilidad del presente

Párese el lector a pensar lo siguiente: ¿qué día es hoy? ¿Qué mes, qué año? ¿Lo ha pensado ya? Pues bien: olvídelo. Quédese con el innegable hecho de que es hoy. O mejor dicho, de que es ahora. Efectivamente, tiene todo el derecho del mundo a pensar que estoy loco, pero sea amable y siga leyendo: Siempre es ahora. Da igual el momento en que lo piense. Nunca podrá usted decir es mañana, o es ayer. Siempre es y siempre será ahora, y esto es completamente inevitable. La conciencia de cualquier humano siempre estará encadenada a la sensación de eso que llamamos presente,  y personalmente, esto me genera un gran malestar. ¿Qué hago? ¿A quién pido ayuda? Un psicólogo siempre le dirá que la depresión es un exceso de pasado, y la ansiedad un exceso de futuro, pero, ¿qué hacer con el presente, ineludible, implacable, aplastante? Además, es curioso, ya que el ahora siempre se verá afectado por las consecuencias de otros tiempos: siempre nos afectará todo lo que hicimos o dejamos de hacer, todo lo que aún no hemos hecho. ¡Qué horror! Las responsabilidades llaman incansablemente a nuestra puerta y no hay forma humana de posponer este acoso. Bueno, miento. Siempre se puede engañar a la conciencia. Podemos dormir para mecernos en un hermoso ahora paralelo, podemos intoxicarnos con sustancias químicas y fantasear con volver al útero materno, pero el despertar siempre será traumático, y la resaca siempre será vivida con una sensación de absoluto desvalimiento. Entonces, ¿hasta qué punto es rentable pedirle tiempo muerto a la realidad, si la vuelta a la misma siempre será un tormento? Además, de poco sirve posponer las cosas, ya que rara vez los luego se convierten en ahora. Sin embargo, los ahora son para siempre, y mi abuela me dijo una vez que los siempres acaban reventando.

P.S.

Vivimos condicionados por el pasado y pre-ocupados con el futuro. Nos pasamos los ahoras haciendo cosas para mañana, pero cuando mañana se convierta en ahora, seguiremos teniendo cosas pendientes. Y así todos los días, hasta el día de nuestra muerte. El día de nuestra muerte será nuestro último ahora, y tal vez sea el ahora más auténtico, más lúcido, porque entonces, y sólo entonces, no nos preocupará lo que tengamos que hacer luego. O sí, pero no aquí, sino donde vayamos luego.

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Soy la peor persona que conozco 

Soy la peor persona que conozco. Y créeme cuando digo que conozco a muchas.

Eso sí, ninguna como yo.

Ninguna como a mí.

Conozco personas que, como diría mi madre, valen un imperio, mientras que otras son completamente despreciables. Personas buenas y personas malas, incluso más malas que yo; pero sin duda, yo soy peor.

No porque yo sea malo,

sino porque no soy suficiente.

No soy ni la décima parte

de todo lo que podría ser.