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El fin del mundo

Estoy triste. Estoy triste desde hace mucho tiempo. Desde hace tanto tiempo que no recuerdo la última vez que fui feliz de verdad. Cada mañana me despierto violentamente, desconcertado, sin fuerzas para salir de la cama, siquiera. Después de una, dos, o hasta tres horas entre sueños confusos y alarmas pospuestas, termino por levantarme, arrastrándome penosamente y voy al baño. Me miro al espejo y contemplo mi cara, entumecida y abultada; la piel sucia, el pelo grasiento y la barba desigualada. Cierro los ojos, suspiro, hago pis y si oigo gente, me pongo algo de ropa, aunque normalmente me despierto cuando ya no hay nadie en casa. Con una camiseta arrugada y un pantalón corto de pijama, voy a la cocina. Mis desayunos varían en función del tiempo y las ganas que tenga, y lo que haya en la nevera. Lo que siempre tomo es un café con leche, cada vez menos leche y más café, con azúcar blanca. Cuando termino, me lío un cigarrillo y es en ese momento en el que la realidad se vuelve insoportable, y me apago.

 

Cuando vuelvo a encenderme, son alrededor de las dos y media de la tarde, y tengo que ducharme, vestirme, bajar a comprar pan y poner la mesa, pues mi padre está al caer y tengo que comer con él. Me ducho apresuradamente, con el agua tan caliente que enrojece toda mi piel y llena el baño de vaho en menos de cinco minutos. Me pongo cualquier prenda que me haga parecer una persona normal, y corro a por el pan. A veces, coincido con mi padre cuando voy a coger el ascensor, y le pido que vaya poniendo la mesa. Como con él, y después, recojo la cocina y saco a la perra de paseo. Después de que Yala haga sus necesidades, subo corriendo a casa, y me meto en mi habitación. Me vuelvo a apagar, y cuando vuelvo a ser consciente de la hora, son alrededor de las ocho de la tarde. Lucía me llama para preparar la cena, y me cuenta su día. Hace un montón de cosas: va a clase, come con nosequién, va a boxeo, sale a correr, se va de compras, ve a sus amigos, se va con su novio por ahí. No sé, un montón de cosas. Escucho, prestando más o menos atención según el ánimo que tenga, y charlo con ella si tengo ganas. A veces se enfada conmigo porque no presto atención, o porque estoy con el móvil mientras ella me cuenta cosas. Después de cenar, vuelvo a mi habitación una vez más, y me vuelvo a apagar hasta la una o las dos de la mañana, que es cuando me voy a dormir.

 

Cuando no estoy apagado, fantaseo con el fin del mundo. Cualquiera de sus versiones me vale: Apocalipsis bíblico, accidente nuclear, catástrofes naturales a gran escala o la tercera guerra mundial. Lo que sea. Lo que sea para acabar con la puta humanidad de una vez. Lo que sea para evitar tener que salir a la calle, afrontar los días, estudiar, socializar, darme cuenta de que estoy solo, de que no he logrado nada relevante en mi vida. Lo que sea.  Siempre, lo que sea, todo el rato. Estoy harto de pensar en el millón de cosas que aún no he logrado, en todas las cosas que tengo pendientes, o a medio hacer. Mi vida psíquica se resume en un montón de voces gritándome que me mueva de una puta vez, que me ponga en marcha, que estoy desperdiciando mis días, que me espera un futuro brillante y que tengo que ser feliz. Pero ya no sé lo que significa ser feliz, ni por qué debería hacer todas esas cosas que tengo pendientes y que me siento obligado a realizar. Llevo toda la vida haciendo lo que me dicen. Estudiando lo que me dicen. Viviendo como me dicen. Tengo casi veinticuatro años y creo que el 99% del tiempo que llevo vivido lo he invertido en cosas ajenas a mí. Toda mi vida he sido un hijo, un estudiante, un amigo, un becario. Pero nunca he sido una persona. No sé lo que es ser uno mismo. De repente, soy demandante y sensible, y cuando nadie me acoge, vuelvo a convertirme en alguien desapegado, frívolo. No sé cómo acabar este texto. No sé por qué he empezado a escribir. No sé por qué sigo viviendo, la verdad (calma, esto no es una nota de suicidio). Tampoco sé por qué sigo escribiendo. Siempre que escribo busco un final contundente, un cierre definido, pero no creo que lo haya para esto. Al fin y al cabo, mañana podría volver a leer todo esto como algo nuevo y daría igual, nada habría cambiado. El mismo día repetido infinitamente de lunes a viernes, durante años. Durante todos los años que llevo triste.

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Antimagia o remedios caseros de nada

Era cualquier día de invierno (o eso recuerdo) y yo tendría unos ocho o diez años. Cenábamos mis padres y yo en casa de unos amigos suyos, en la casa, de hecho, donde conocí al cocinero años más tarde. Era la típica casa vieja de campo, con gruesos muros de piedra y ventanas insignificantes para atrapar la mayor cantidad de calor posible, y un montón de muebles viejos (que no antiguos, sólo viejos) abarrotaban cada estancia. Habíamos terminado de tomar el postre, y mis padres me pidieron que llevase una pila de platos sucios a la cocina, y así lo hice.

Al llegar a la cocina, una sensación de desasosiego se apropió de mí, y me quedé en la puerta de la habitación, observando una estantería de madera que se encontraba colgada delante de mí. Estaba llena de frascos con especias, y parecía endeble. Era como si estuviera sufriendo, agotada por el peso de tanto cacharro, y me puse muy nervioso. Estaba seguro de que aquella estantería iba a caerse. Me quedé inmóvil, observándola, durante unos instantes o unos minutos, que pese a no tener muy claro cuánto duraron, a mí me parecieron una eternidad. Mirando, mirando fijamente. Preocupado por la pobre estantería, y como los niños no están hechos para permanecer inmóviles mucho tiempo, acabó ocurriendo lo inevitable: De repente, la estantería se desplomó sobre la encimera de la cocina, condenando a los pobres frascos que de ella dependían, y desparramando todas las especias, que se mezclaron en una espesa nube.

Tosiendo, despavorido y con la cara llena de tomate en conserva, salí corriendo tan rápido que ni siquiera recuerdo qué hice con la pila de platos que antes cargaba, sólo sé que corrí y corrí por toda la casa, llamando a mis padres a gritos. Al verme con toda la cara roja, mi madre se horrorizó, hasta que comprobó que todas y cada una de las manchas en mi cara, eran de tomate, y no de sangre, pero no pasó nada más. La estantería y sus víctimas fueron recogidas y limpiadas, y no se volvió a hablar del tema.

 

¿Cuáles son las probabilidades de que algo así ocurra? Es mágico, ¿verdad? Pues no. Pura estadística. Podemos ser víctimas de un rayo en cualquier lado, o de un ataque de un tiburón en cualquier playa del mundo. A mí me tocó la inmolación de una estantería, pero no es magia, no es paranormal. Es entropía pura y dura, y la magia sólo es un nombre para lo desconocido. Los magos sólo son prestidigitadores de precisión, los horóscopos se escriben con heurísticos y profecías autocumplidas y los chakras no se desalinean, sino que el té verde es astringente, amigos. Creer en la magia es creer en otra religión, y la religión nace del miedo. De hecho, es más probable que una aparición divina no sea más que un síntoma psicótico, y sin embargo aquí estamos, conservando edificaciones construidas  en torno a la enfermedad mental, en torno al delirio colectivo. El amor no está en el aire, está en las hormonas, y no es má que un refinamiento de lo que en otras especies de mamíferos llamamos simplemente apego. Creer en la suerte es dejar de creer en uno mismo, y no tenemos un único alma gemela. Hay personas compatibles en una simple conversación, en una relación, en un debate y en una cama, y sin embargo habrá muchísimas más que sean incompatibles. La puesta de sol es diferente cada día, cada lugar, en cada segundo y para cada persona, y sin embargo, todos los atardeceres son el mismo sol y como idiotas coleccionamos fotografías que creemos únicas pero no dejan de ser  variaciones de lo mismo, con nubes y colores. Las epifanías son producto de la ansiedad o la cafeína, las autorrevelaciones nacen del dolor, y nuestra vida espiritual es perfectamente reductible a reacciones químicas. El problema es que al darnos cuenta de todo esto, no nos queda nada, así que obviemos mi jergafasia y entreguémonos a aquello que nos obsesione.


Ráfagas

Hace algunas noches, oí cómo unos amigos comentaban que en cuestión de crianza, una bofetada a tiempo ahorraba muchas tonterías de los niños, y yo, horrorizado, pasé como media hora argumentando que nunca es bueno enseñarle a un niño que la violencia es justificable, que vale para algo, y de repente, en plena discusión, me sorprendí a mí mismo construyendo mis argumentos desde el miedo. Desde el miedo a perder el miedo. Siempre he rechazado la violencia, y aquella noche entendí por qué. No es otra cosa que el miedo a que de repente, me sienta atacado por la vida, y algo en mi cabeza haga click, mi autocontrol se desintegre, y un buen día, salga de la estúpida ensoñación de la violencia para descubrir mis huesos ya pudriéndose en una celda: Todo mi alrededor, presa de la destrucción. Todos muertos o tullidos, edificios en llamas, pulmones en chanfaina y ojos trinchados en una gargantilla. Es tan delirante que parece una broma macabra. Cabe pensar ¿Cuán loco hay que estar para dejarse llevar de semejante forma por la rabia? Pero es que no es rabia, sino una, dos, tres, siete, trece, diecisiete voces gritándose unas a otras dentro de mi cabeza, y es imposible encontrar silencio. El cerebro es una ametralladora de fogonazos, un antisíndrome de Stendhal que me arrastra por la desidia, la agresividad, la melancolía, la euforia, la manía y la tristeza cada día, y aunque lo intento, no puedo poner en palabras los cincuenta y cinco pensamientos aleatorios que genera mi cabeza cada veintitrés segundos. Van y vienen antes de que haya podido siquiera asimilarlos, demasiado rápido, demasiado juntos, demasiado diferentes, demasiado extraños. Me río de mí mismo pensando que estoy poseído por cientos de espíritus de cocainómanos, y un segundo más tarde estoy llamándome imbécil por pensar semejante gilipollez, pero en treinta segundos se me ocurrirá otro chiste, otra estupidez, y al no tener a quién contársela, volveré a reír yo solo. Miento, solo no: Reiré acompañado del recuerdo de las treinta y siete personas de las que me acuerdo cada hora. Evocaré el rostro de las doce o trece musas que nunca fueron o nunca serán más que una coincidencia, una anécdota, una obsesión de media hora. Imaginaré sus cuerpos desnudos, que probablemente nunca vi, o extrañaré a amantes que no pude aprender a querer. Envenenaré mis recuerdos de los malos tragos y el daño que álguienes me hicieron –a propósito o no, eso es lo de menos – y sin parar de morderme las uñas, garabatear, charlar con un desconocido, cantar o mirar el techo, volveré a pensar por cienmilésima vez

“Joder, estoy enfermo”.


Notas de viaje (07/07)

Llevo un océano a rastras entre pecho y espalda, mientras una horda de musas insomnes me besa las llagas infectas del alma.
Atravieso desiertos que cada día están más cerca de casa, y siete horas de jetlag apuntalan el cansancio en mi cara.
Desearía ser amnésico para tener que llorarle solamente al mañana.


Justificante de drama

Anoche un colega me dio un lametón de coña en la oreja y fue lo más deseable que me he sentido en meses. No deseado, no. Deseable. Ser capaz de ser deseado. Me miro en el espejo y veo una masa fofa. Tengo veintidós años y me estoy muriendo por dentro. O mejor dicho: me estoy matando. Siempre fui atlético. Nunca fui el más rápido, pero sí era ágil. Hacía muchísimo deporte, y llegué a obsesionarme con tener un cuerpo perfecto. Era una máquina. Hasta que empecé a fumar. Seguí haciendo deporte, pero lo fui dejando poco a poco. No pensé que fuera a engordar. La sola idea de que mis músculos se atrofiaran era algo inconcebible. Ahora veo mis manos gordas, y mis piernas flacas y torpes. Además, mis estudios son un desastre. Me han despedido. He ido arrastrando asignaturas pendientes a lo largo de cinco años de universidad, y mientras escribo esto, ni siquiera sé si debería esforzarme en un trabajo de fin de grado demasiado exigente porque no sé si podré seguir estudiando en mi facultad. No sería un dropout. Sería un kickout. No habría abandonado: me habrían echado. Y ni siquiera sé si me van a echar. (Esperad, que voy a amontonar la ropa sucia contra la puerta para que la corriente deje de abrirla, porque me está volviendo loco. Ya.) Me siento indeseable en todos los sentidos: Física, profesional y espiritualmente. Todo. Odio todo lo que representan mis acciones. Y lo peor es que no paro de reírme de mis fracasos. Es inevitable que parodie TODO. Pero yo qué sé, supongo que me río por no llorar. Porque llorar no me sale.


THERE IS SOMETHING WICKED ABOUT YOUR EYES

Hay una llama

extraordinaria tristeza,

que empaña una pasión en cascada

vertiéndose sobre las vísceras

de plata tóxica y nácar.

Invadidas de sueños suicidas

de gritos de placer,

y arcadas en el alma

pulsiones voraces,

echando de menos tu cama.

y un insomnio insaciable

Un abismo vacío,

lleno de ganas anestesiadas

del que sólo se puede huir

naufragando en la intimidad

saltando por la ventana.

 

-Nota para el lector sorprendido por el formato: Léase en orden o por columnas-


Guía para el cuidador de demonios principiante

Cuidar demonios siempre resulta agotador, sobre todo porque  tener demonios no es como tener un gato, un perro, como tener peces, o ni siquiera como tener hijos, ya que nunca es algo planeado. Los demonios pueden aparecer en cualquier momento, sea bueno o malo: les da igual que sea primavera o que sea domingo, y cuando llegan, es para quedarse. Y no se van. Nunca. Lo máximo a lo que puede aspirar uno es a que se queden como están: calladitos, pequeñitos, tranquilitos. Que no monten mucho alboroto, que le dejen dormir a uno, que no ensucien. Eso es lo mejor que le puede pasar a alguien que cuida demonios.

 

Hemos dicho antes que los demonios llegan, pero el primer paso no es que lleguen.

No, el primer paso para cuidar demonios es darse cuenta de que están ahí. Y digo darse cuenta porque es eso lo que ocurre: Los demonios han podido llegar ayer, o hace diez años, pero en un momento determinado, uno se da cuenta de que hay algo más  allí donde está, y claro, tiene que hacerse cargo de aquello, y de repente brota un mar de dudas de la mismísima nada: ¿Qué comen? ¿Dónde duermen? ¿Hacen caca? ¿Tengo que llevarlos conmigo siempre? y otros cientos de preguntas  propias del cuidador principiante aparecen ante nosotros, pero con la experiencia, comprobaremos que cuidar a nuestros demonios es más sencillo de lo que parece en un primer momento. (Advertencia: Cuidar demonios NO es fácil. Al principio le parecerá que la simple tarea tranquilizarlos es imposible, y cualquier interacción con ellos será insoportable, pero no desespere: los demonios sólo son vestigios de algo mucho peor).

 

Los demonios, como cualquier depredador doméstico,  requieren una alimentación variada: Se alimentan de sueño, de preocupaciones y de debilidades, generalmente de procedencia humana, siendo especialmente voraces con las almas incautas, las aprensivas e incluso con las despistadas. Aquí habremos de diferenciar entre demonios de campo y demonios de ciudad, pues los de ciudad tienden a vivir en grupo, mientras que los demonios de campo llevan una vida más solitaria, por lo que el cuidado de demonios de ciudad requerirá un mayor esfuerzo.

 

En cuanto a las comodidades, no se preocupe: Los demonios suelen amoldarse bien al entorno en el que viven sus propietarios, quizá incluso con demasiada facilidad, llegando a ser un poco intrusivos y territoriales en determinadas ocasiones. Sus demonios, generalmente dormirán con usted, pero si esto le incomoda, no dude en imponerse: Cierta disciplina es necesaria, o sus demonios podrían acabar imponiéndose a su voluntad y campando a sus anchas por su vida, ya que además se trata de seres activos e inquietos, tanto de día como de noche, siendo en ocasiones revoltosos y caóticos, sin importarles el estado de salud de su cuidador. Este es el principal problema que plantean: Los demonios pueden despertarse en cualquier momento y poner su vida patas arriba.

 

Pese a dicha inquietud, los demonios no  requieren excesivos cuidados: Usted puede pasearlos con la frecuencia que considere oportuna, tanto de día como de noche o no sacarlos en absoluto. Eso sí, algo que requiere especial atención es en qué momento libera a sus demonios: No es recomendable que éstos correteen libremente en presencia de otras personas, ya sean amigos o familiares, pues de no ser personas de mucha confianza podrían asustarse al ver que usted es propietario de uno o más demonios. Huelga decir además que estas reacciones nunca son positivas para los propios demonios, los cuales podrían volverse más problemáticos en el futuro. Asimismo, lo más seguro es que usted procure evitar demonios ajenos en la medida de lo posible, sobre todo a la hora de encargarse de demonios que no sean suyos ya que puede ser altamente peligroso, tanto para el propietario original como para usted. Dedíquese a sus propios demonios: verá que éstos son más que suficientes.

Como bien hemos dicho antes, los demonios no se irán de su vida, ya que no mueren. Por el contrario, sus demonios permanecerán a su lado a lo largo de su vida, por lo que el objetivo de aprender a criar y cuidar demonios es que permanezcan tal y como son, o incluso reducirlos, en caso de que sean demasiado grandes para manejarlos bien. No queremos unos demonios que crezcan y crezcan hasta que sean capaces de devorarnos, así que si en algún momento observa que un demonio se le está yendo de las manos, repetimos: Impóngase. Al fin y al cabo, los demonios no serían nada sin nosotros.


Sobre la inevitabilidad del presente

Párese el lector a pensar lo siguiente: ¿qué día es hoy? ¿Qué mes, qué año? ¿Lo ha pensado ya? Pues bien: olvídelo. Quédese con el innegable hecho de que es hoy. O mejor dicho, de que es ahora. Efectivamente, tiene todo el derecho del mundo a pensar que estoy loco, pero sea amable y siga leyendo: Siempre es ahora. Da igual el momento en que lo piense. Nunca podrá usted decir es mañana, o es ayer. Siempre es y siempre será ahora, y esto es completamente inevitable. La conciencia de cualquier humano siempre estará encadenada a la sensación de eso que llamamos presente,  y personalmente, esto me genera un gran malestar. ¿Qué hago? ¿A quién pido ayuda? Un psicólogo siempre le dirá que la depresión es un exceso de pasado, y la ansiedad un exceso de futuro, pero, ¿qué hacer con el presente, ineludible, implacable, aplastante? Además, es curioso, ya que el ahora siempre se verá afectado por las consecuencias de otros tiempos: siempre nos afectará todo lo que hicimos o dejamos de hacer, todo lo que aún no hemos hecho. ¡Qué horror! Las responsabilidades llaman incansablemente a nuestra puerta y no hay forma humana de posponer este acoso. Bueno, miento. Siempre se puede engañar a la conciencia. Podemos dormir para mecernos en un hermoso ahora paralelo, podemos intoxicarnos con sustancias químicas y fantasear con volver al útero materno, pero el despertar siempre será traumático, y la resaca siempre será vivida con una sensación de absoluto desvalimiento. Entonces, ¿hasta qué punto es rentable pedirle tiempo muerto a la realidad, si la vuelta a la misma siempre será un tormento? Además, de poco sirve posponer las cosas, ya que rara vez los luego se convierten en ahora. Sin embargo, los ahora son para siempre, y mi abuela me dijo una vez que los siempres acaban reventando.

P.S.

Vivimos condicionados por el pasado y pre-ocupados con el futuro. Nos pasamos los ahoras haciendo cosas para mañana, pero cuando mañana se convierta en ahora, seguiremos teniendo cosas pendientes. Y así todos los días, hasta el día de nuestra muerte. El día de nuestra muerte será nuestro último ahora, y tal vez sea el ahora más auténtico, más lúcido, porque entonces, y sólo entonces, no nos preocupará lo que tengamos que hacer luego. O sí, pero no aquí, sino donde vayamos luego.


Investigaciones sobre la especie humana: Prólogo

¿Qué puedo decir de la especie humana? ¿Qué los define? Es difícil empezar, ya que hay infinidad de individuos, y no todos son iguales, así que intentaré explicar a continuación, qué características generales tienen, y por qué.

La especie humana, en general, está consistida por animales extremadamente simples, que sin embargo, acaban desarrollando comportamientos impredecibles y a priori caóticos y absurdos. El animal humano posee una visión extraña de sí mismo y de lo que le rodea, y sus motivaciones, aunque generalmente materialistas y gregarias, esconden a menudo retorcidos deseos y creencias ocultas a simple vista.

Cuando llegué a la Tierra, su planeta, descubrí con sorpresa que la mayoría de la población habita separada del resto de especies vivas en gigantescas estructuras artificiales llamadas ciudades. En las ciudades, todo está diseñado para aislar a los individuos: La tierra se recubre de cemento y alquitrán, añadiendo algunas especies vegetales de valor ornamental, y desde el suelo se alzan innumerables construcciones que parecieran querer llegar al cielo.

Cada individuo o grupo de individuos suele poseer un habitáculo de tamaño variable, y suele desempeñar la mayoría de sus ocupaciones en espacios cerrados dentro de dichas estructuras. Los medios de desplazamiento son también de características similares: vehículos de diversos tamaños y formas, terrestres, acuáticos o aéreos, que suelen estar compartimentados y divididos en secciones enfocadas ya sea hacia la convivencia de la población o para la explotación de los recursos del planeta.

Ese es otro aspecto curioso de los seres humanos: Explotan sin ningún escrúpulo todo lo que esté a su alcance en su propio beneficio, pero de forma ordenada: En la Tierra, todo está organizado y dividido, y lo que aún permanece virgen, caótico, o natural, es rechazado hasta que, como dicen los humanos, se “civiliza”.

Al no entender muy bien esto de la civilización, investigué y pregunté a algunos humanos que se dedicaban al estudio de las cosas, y se me explicó que allí, todos los animales viven y actúan por algo llamado instinto de supervivencia, y que desde su origen, el ser humano había luchado contra el resto de especies animales y contra el propio planeta para sobrevivir. Después de mucho tiempo y habiendo salido victorioso, el ser humano controlaba la Tierra a voluntad.

“Entonces, ¿por qué fabricáis armas y tenéis ejércitos?” pregunté.

“Para defendernos de nuestros enemigos” me dijeron.

Y cuando entendí lo que me querían decir, me quedé de piedra. ¡Se mataban unos a otros! Esto me pareció aberrante. Podía entender que la especie humana hubiera tenido que luchar por sobrevivir. Al fin y al cabo, la Tierra es un planeta rico en especies animales y vegetales, y algunas de ellas son verdaderamente peligrosas. Además, el planeta experimenta grandes oscilaciones térmicas en cada ciclo estelar, o como ellos lo llaman, cada año. Pero cuando visité la Tierra, el ser humano estaba perfectamente dotado de la tecnología necesaria para asegurar su supervivencia por encima de otras especies animales o las inclemencias del tiempo. Así que, ¿qué temían? Volví a preguntar, y esta vez, unos expertos llamados historiadores, me contaron que desde las primeras civilizaciones, cada ser humano estaba condicionado por las circunstancias en las que nacía. Desde el adulto dentro del que cada individuo se gestaba hasta el lugar del planeta en el que crecía y vivía afectaban a su comportamiento, pero, por norma general, la conducta de los seres humanos siempre se ha regido por ese instinto de supervivencia que les lleva a abrazar lo conocido, como su familia o su raza, y a rechazar lo desconocido, incluyendo otros grupos de seres humanos, ya sea por sus comportamientos, creencias o su aspecto físico.

Tras entender el alcance de esto que llamaban instinto de supervivencia, comprendí el porqué de muchas cosas, ya que todas ellas eran símbolo de una necesidad de control, de contención, de unos límites que vistos desde fuera parecen casi perjudiciales, pero, ¿quién soy yo para juzgar? El instinto de supervivencia activa una vigilancia continua y un miedo a lo desconocido que para los seres humanos es casi insoportable, y sienten algo terrible que ellos llaman miedo, así que si alguna vez conocéis a un humano, comprobaréis efectivamente que se trata de criaturas obsesionadas con la clasificación y la organización de todo aquello que les rodea, ya que, si no, no descansarán tranquilos.

Por ejemplo, toda la superficie de la tierra está repartida en territorios que ellos llaman países, los países en provincias y las provincias en un sinfín de nomenclaturas que dependen de cada país. En cada país suele haber un líder o grupo de líderes que gobiernan en función de sus creencias de gobierno, llamadas ideologías. Dentro de cada una de estas divisiones del terreno, existen unos preceptos que ellos llaman leyes y normas. Las leyes son un código de comportamiento esperado por parte de los individuos que se hallan en un país, y las normas, son también códigos comportamentales, pero aplicados a entornos más pequeños como comunidades, lugares destinados a alguna actividad más o menos concreta, o incluso dentro de las ciudades.

Existen dos cosas que los humanos rechazan: Lo diferente y lo disfuncional.

“Lo diferente” como he dicho anteriormente, abarca desde individuos de otras especies hasta otros seres humanos. Y es curioso, porque lejos de buscar puntos en común entre ellos, los seres humanos suelen enfatizar las diferencias existentes y tienden a imponer sus ideas por encima de las del resto. Los seres humanos tienden a paliar el miedo que les produce esa necesidad de contención mediante ideas ciertamente extrañas, como por ejemplo, creencias de que diversos seres superiores con conciencia similar a la humana rigen sus vidas. Los llaman dioses. Cada civilización tiene uno o más dioses a los que rinden culto, y pese a no haber ninguna evidencia real sobre la existencia de los dioses, seguir un culto u otro, es motivo de conflicto en casi cualquier lugar del planeta. De hecho, incluso dentro de la misma civilización, muchos humanos rechazarán a aquel que no crea en la misma deidad que él, y sin embargo, los pocos que creen en nosotros, los que venimos de otros planetas, son tomados por locos. En definitiva, estas ideas creencias, junto a las ya mencionadas ideologías, tienen tal importancia para los humanos que un individuo nunca dudará a la hora de tratar de imponer su opinión al resto.

En cuanto a lo disfuncional, por otra parte, me refiero a aquellos individuos humanos que, por una u otra razón, no son capaces de vivir en la civilización. Algunos son disfuncionales por haber transgredido leyes importantes, y otros por sufrir enfermedades graves que afectan a su comportamiento. De cualquier manera, ambos tipos de sujetos suelen ser confinados a instituciones específicas durante períodos de tiempo que dependen de cómo de problemáticos sean para su país, o incluso, en casos muy extremos pueden ser sacrificados.

Sin embargo, pese a tratarse de una especie en normalmente belicosa, violenta e ingenua, la especie humana cuenta con un gran número de seres que se separa de la normatividad. Se trata de individuos excepcionales que han liberado de la esclavitud de sus instintos más primarios, y tratan de romper con todos estos comportamientos irracionales.

Existen individuos que cuidan y protegen a los débiles y a los desfavorecidos, sin importarles que sean diferentes a ellos. Existen también seres que investigan cómo postergar la muerte, o sin ir más lejos, cómo mejorar la vida de los demás, además de la suya propia. Existen individuos dedicados a preservar las zonas del planeta de las que aún no se han apropiado los más poderosos y también reparar el daño que las civilizaciones causan de forma inconsciente y temeraria en el planeta.

Otros, curiosamente, invierten sus vidas en estudiarse a sí mismos, a estudiar su planeta y el espacio, buscando evolucionar y desarrollarse más allá de lo conocido. Todos éstos hacen que la especie humana sea aún más interesante si cabe, ya que pese a que los humanos parezcan avocados al fracaso y la extinción, estos sujetos arrojan un poco de luz en el oscuro futuro de su especie. Aunque el ser humano destruya y corrompa todo lo que tiene a su alcance, gracias a estos individuos, aún hay esperanza. 


Novedades: Pineal Magazine, y lo que viene

Hola a todos y todas.

Este post no es literatura. Es un aviso de lo que he estado haciendo últimamente, incluyendo los motivos de por qué he tenido tan abandonado el blog.

Desde marzo-mayo, he estado trabajando en un proyecto de Fanzine-Magazine puramente artístico con varios artistas de disciplinas muy diversas (desde ilustración y collage hasta fotografía o poesía), y volcando en él el poco tiempo que he tenido para escribir. El proyecto en cuestión se llama PINEAL MAGAZINE, y espero que todos o casi todos le hayáis echado un vistazo a algún número. Se trata de una publicación mensual, generalmente programada para el día 13 de cada mes. Suelo publicar entre dos y tres textos, y actualmente dirijo el proyecto junto a otras dos amigas mías, Melanie y Marjan.

De todas maneras, una vez a la semana postearé aquí el contenido que he ido publicando en números anteriores de la revista, para que podáis recibirlo de forma más o menos periódica.

Además, os dejo aquí abajo los links para que podáis leer todos los números íntegramente.

Por último, antes de despedirme quiero deciros que intentaré encontrar tiempo para dedicarme más a menudo al blog, ya no sólo en contenido de Pineal, sino para publicar varios relatos más largos en los que estoy trabajando, cuyo formato no se adecúa a la brevedad que requiere la revista en sí.

Como siempre, gracias por leerme y hacerme llegar vuestras críticas y comentarios,

pero sobre todo: Gracias por leer.

Kate

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