Archivo mensual: mayo 2017

El fin del mundo

Estoy triste. Estoy triste desde hace mucho tiempo. Desde hace tanto tiempo que no recuerdo la última vez que fui feliz de verdad. Cada mañana me despierto violentamente, desconcertado, sin fuerzas para salir de la cama, siquiera. Después de una, dos, o hasta tres horas entre sueños confusos y alarmas pospuestas, termino por levantarme, arrastrándome penosamente y voy al baño. Me miro al espejo y contemplo mi cara, entumecida y abultada; la piel sucia, el pelo grasiento y la barba desigualada. Cierro los ojos, suspiro, hago pis y si oigo gente, me pongo algo de ropa, aunque normalmente me despierto cuando ya no hay nadie en casa. Con una camiseta arrugada y un pantalón corto de pijama, voy a la cocina. Mis desayunos varían en función del tiempo y las ganas que tenga, y lo que haya en la nevera. Lo que siempre tomo es un café con leche, cada vez menos leche y más café, con azúcar blanca. Cuando termino, me lío un cigarrillo y es en ese momento en el que la realidad se vuelve insoportable, y me apago.

 

Cuando vuelvo a encenderme, son alrededor de las dos y media de la tarde, y tengo que ducharme, vestirme, bajar a comprar pan y poner la mesa, pues mi padre está al caer y tengo que comer con él. Me ducho apresuradamente, con el agua tan caliente que enrojece toda mi piel y llena el baño de vaho en menos de cinco minutos. Me pongo cualquier prenda que me haga parecer una persona normal, y corro a por el pan. A veces, coincido con mi padre cuando voy a coger el ascensor, y le pido que vaya poniendo la mesa. Como con él, y después, recojo la cocina y saco a la perra de paseo. Después de que Yala haga sus necesidades, subo corriendo a casa, y me meto en mi habitación. Me vuelvo a apagar, y cuando vuelvo a ser consciente de la hora, son alrededor de las ocho de la tarde. Lucía me llama para preparar la cena, y me cuenta su día. Hace un montón de cosas: va a clase, come con nosequién, va a boxeo, sale a correr, se va de compras, ve a sus amigos, se va con su novio por ahí. No sé, un montón de cosas. Escucho, prestando más o menos atención según el ánimo que tenga, y charlo con ella si tengo ganas. A veces se enfada conmigo porque no presto atención, o porque estoy con el móvil mientras ella me cuenta cosas. Después de cenar, vuelvo a mi habitación una vez más, y me vuelvo a apagar hasta la una o las dos de la mañana, que es cuando me voy a dormir.

 

Cuando no estoy apagado, fantaseo con el fin del mundo. Cualquiera de sus versiones me vale: Apocalipsis bíblico, accidente nuclear, catástrofes naturales a gran escala o la tercera guerra mundial. Lo que sea. Lo que sea para acabar con la puta humanidad de una vez. Lo que sea para evitar tener que salir a la calle, afrontar los días, estudiar, socializar, darme cuenta de que estoy solo, de que no he logrado nada relevante en mi vida. Lo que sea.  Siempre, lo que sea, todo el rato. Estoy harto de pensar en el millón de cosas que aún no he logrado, en todas las cosas que tengo pendientes, o a medio hacer. Mi vida psíquica se resume en un montón de voces gritándome que me mueva de una puta vez, que me ponga en marcha, que estoy desperdiciando mis días, que me espera un futuro brillante y que tengo que ser feliz. Pero ya no sé lo que significa ser feliz, ni por qué debería hacer todas esas cosas que tengo pendientes y que me siento obligado a realizar. Llevo toda la vida haciendo lo que me dicen. Estudiando lo que me dicen. Viviendo como me dicen. Tengo casi veinticuatro años y creo que el 99% del tiempo que llevo vivido lo he invertido en cosas ajenas a mí. Toda mi vida he sido un hijo, un estudiante, un amigo, un becario. Pero nunca he sido una persona. No sé lo que es ser uno mismo. De repente, soy demandante y sensible, y cuando nadie me acoge, vuelvo a convertirme en alguien desapegado, frívolo. No sé cómo acabar este texto. No sé por qué he empezado a escribir. No sé por qué sigo viviendo, la verdad (calma, esto no es una nota de suicidio). Tampoco sé por qué sigo escribiendo. Siempre que escribo busco un final contundente, un cierre definido, pero no creo que lo haya para esto. Al fin y al cabo, mañana podría volver a leer todo esto como algo nuevo y daría igual, nada habría cambiado. El mismo día repetido infinitamente de lunes a viernes, durante años. Durante todos los años que llevo triste.

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