Archivo mensual: abril 2015

Autobiografías breves, II

Diría que odio los hospitales, pero no sería verdad. No es odio, es extrañeza, cosa del pasado. Como cuando me encuentro con alguien que solía ser cercano a mí pero al cual perdí la pista hace tiempo.

Supongo que me acostumbré a pasar horas y horas en ellos, y que de repente dejaron de significar nada para mí.

Antes, solía pasar mis tardes  en salas de espera abarrotadas, rodeado de desconocidos increpándome por ocupar un asiento que no me correspondía. Pero, ¿qué iba a hacer yo? Sólo era un acompañante, un espectador, un elemento interactivo de atrezzo en el que cientos de almas que se derrumbaban, descargaban  rabiosamente su dolor, enfadándose conmigo por ser el único de aquella sala que aún no se estaba muriendo. Un puto niño que no entendía nada. Un niño, pero además, un niño con pelo. Eso era: desentonaba con el resto del paisaje; como un árbol de hoja perenne en pleno invierno, siendo la envidia del resto sin siquiera pretender serlo. Mi presencia era dolorosa para el resto, pero no podía hacer nada, ni siquiera marcharme: Mi función era permanecer allí, y recibir esas miradas furiosas como un pelotón de fusilamiento que ejecuta a un reo que desconoce su delito, hasta que llegase el final de la quimioterapia, y la ambulancia nos dejase de nuevo en casa.

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Autobiografías Breves, I

Era el penúltimo día del último cuatrimestre del que debería ser el último pero sin embargo es el penúltimo año de universidad, y acabada la última clase de Psicopatología Clínica, yo me precipitaba hacia la nada con parsimonia.

Crucé el puente de metal hacia la estación de tren, zarandeado por ráfagas de un viento nervioso, probablemente tan perdido como yo, mientras decenas de coches amenazaban con rematar mi caída en el caso de que mi cuerpo decidiera perder el equilibrio.

Bajé la cuestita pavimentada de adoquines rojos, ya rosas por el desgaste del clima y las multitudes que los pisoteaban un par de veces al día, y observé a tres soldados, sin armas, que charlaban animadamente sentados sobre la hierba, mientras sus Land Rover esperaban inertes, como caballos de cera, al fin del minuto ocioso. Me cayeron simpáticos, y uno me dirigió la mirada, pero decidí no saludarlos, puesto que me repugna su oficio.

Pensé entonces que sólo me haría soldado si hiciera falta luchar contra un mal que amenazase a la humanidad entera, y sin embargo, otro requisito sería disponer de varias vidas, para aprovechar por lo menos alguna. (Todos sabemos que la duración media de un soldado raso cuando se lucha contra una gran fuerza  nunca supera los treinta segundos; nos lo ha dicho el cine).

Unos pasos más adelante, se me ocurrió entonces que sería muy interesante tener el número de vidas que quisiéramos, y acumular conocimientos infinitos adquiridos en infinitas vidas. Qué narcisismo tan básico, ¿no? Solicitar humildemente omnipotencia para elegir qué hacer, y conseguir conocer todos los aspectos de todas las vidas posibles, aprehendiendo cada momento: Desde ser el presidente de una gran nación hasta un heroinómano pereciendo en la más absoluta y sidosa de las miserias, desentrañando los pros and cons de cada decisión tomada una y mil veces, en todas las circunstancias posibles, hasta conseguir vivir una vida perfecta, un hit combo incesante de éxitos y aciertos sin más trucos que el simple hecho de ser un experto en cada materia a base de ensayar en un entorno natural.

Como buen psicólogo, me gusta llenar mi cabeza de debates y divagaciones  sobre  otras personas, otras circunstancias, otros seres, otras vidas, mientras la mía se desboca y enloquece por pura negligencia. Consejitos vendo, pero para mí, no tengo.

Una ráfaga furiosa me sacó de todo esto, y cuando por fin llegaba a la pasarela para cruzar al andén de vuelta a casa, vi cientos de soldados, rodeados de decenas de todoterrenos, tanquetas, tanques, piezas de artillería autopropulsada, y vehículos de reconocimiento, disparando todo su arsenal hacia enemigos que o bien no existían, o yo era incapaz de percibir.

Me debía varios días de sueño acumulado, y me sentí extrañado, confuso; pero también acompañado. Al parecer, no era el único que se preparaba para la guerra.