Archivo del Autor: kateshogun

Acerca de kateshogun

Escribo historias, estudio psicología y compongo música. Abierto a todo tipo de proyectos artísticos.

Una puñalada entre la nuez y las clavículas

Tengo tanto, tanto,

tanto amor que darle a alguien

que no existe,

que se me está poniendo malo:

se transforma en dolor

y se me anuda dentro del pecho,

justo encima de las clavículas

y debajo de la nuez.

Una puñalada justo ahí

no me dolería ni la mitad

de lo que me duele darme cuenta

del paso de los días

que pierdo

sin notarlo

cada vez

que intento

poner algo en marcha,

y, aunque me siento florecer

todo es una ilusión estúpida

porque florecer es

en realidad

el primer paso para marchitarse

y si tuviera pétalos, serían negros

incluso en su máximo esplendor,

tendría espinas como estambres

(y al revés, porque mis defensas son endebles)

mi pistilo tendría dientes,

para morder a todo aquel que intentase medrar en mi ser,

y mi olor sería agrio, como si estuviera en salmuera,

 

y me dolería tanto como el amor que no gasto

tanto que una puñalada

justo entre la nuez y las clavículas

no me dolería tanto.

Anuncios

En invierno

Otra canción en bucle. De repente, sin avisar, sin tener intención de escucharla en un primer momento, pero ocurre. Me pasa a menudo: a veces aparece ante mí una imagen, una persona, una canción, un rostro, un objeto, y se graba a fuego. La nada absurda toma una forma concreta y se convierte en tótem, en arquetipo, en ídolo sobre el que empiezo a orbitar compulsivamente. Y me vale cualquier cosa: desde las incursiones nórdicas en Inglaterra en la alta edad media hasta tu vientre asomándose por debajo de tu camiseta, pasando por una canción horrible, la Epopeya Eslava de Mucha que no pude ver en Praga, las cicatrices de mis dedos, las luces odiosas de navidad por todo Madrid, los anacardos, el pelaje de los mastines. Lo que sea. Es como si necesitase obsesionarme con algo nuevo todo el rato; mientras pienso en morder una carne que sangre siento que no soy suficiente, y que nunca llegaré a serlo. Mastico en mi propia lengua el malestar que me brindan los cigarrillos, y hoy es viernes pero no he salido porque mañana (en un rato) tengo que despertarme a las seis de la mañana para ir a un velorio anticipado por alguien que ni siquiera estará presente. Estoy temblando, debería dejarlo, pienso en “y que sea lo que dios quiera”, pero dios o su inexistencia me dan igual: tengo problemas más importantes en los que sobrepensar.


El fin del mundo

Estoy triste. Estoy triste desde hace mucho tiempo. Desde hace tanto tiempo que no recuerdo la última vez que fui feliz de verdad. Cada mañana me despierto violentamente, desconcertado, sin fuerzas para salir de la cama, siquiera. Después de una, dos, o hasta tres horas entre sueños confusos y alarmas pospuestas, termino por levantarme, arrastrándome penosamente y voy al baño. Me miro al espejo y contemplo mi cara, entumecida y abultada; la piel sucia, el pelo grasiento y la barba desigualada. Cierro los ojos, suspiro, hago pis y si oigo gente, me pongo algo de ropa, aunque normalmente me despierto cuando ya no hay nadie en casa. Con una camiseta arrugada y un pantalón corto de pijama, voy a la cocina. Mis desayunos varían en función del tiempo y las ganas que tenga, y lo que haya en la nevera. Lo que siempre tomo es un café con leche, cada vez menos leche y más café, con azúcar blanca. Cuando termino, me lío un cigarrillo y es en ese momento en el que la realidad se vuelve insoportable, y me apago.

 

Cuando vuelvo a encenderme, son alrededor de las dos y media de la tarde, y tengo que ducharme, vestirme, bajar a comprar pan y poner la mesa, pues mi padre está al caer y tengo que comer con él. Me ducho apresuradamente, con el agua tan caliente que enrojece toda mi piel y llena el baño de vaho en menos de cinco minutos. Me pongo cualquier prenda que me haga parecer una persona normal, y corro a por el pan. A veces, coincido con mi padre cuando voy a coger el ascensor, y le pido que vaya poniendo la mesa. Como con él, y después, recojo la cocina y saco a la perra de paseo. Después de que Yala haga sus necesidades, subo corriendo a casa, y me meto en mi habitación. Me vuelvo a apagar, y cuando vuelvo a ser consciente de la hora, son alrededor de las ocho de la tarde. Lucía me llama para preparar la cena, y me cuenta su día. Hace un montón de cosas: va a clase, come con nosequién, va a boxeo, sale a correr, se va de compras, ve a sus amigos, se va con su novio por ahí. No sé, un montón de cosas. Escucho, prestando más o menos atención según el ánimo que tenga, y charlo con ella si tengo ganas. A veces se enfada conmigo porque no presto atención, o porque estoy con el móvil mientras ella me cuenta cosas. Después de cenar, vuelvo a mi habitación una vez más, y me vuelvo a apagar hasta la una o las dos de la mañana, que es cuando me voy a dormir.

 

Cuando no estoy apagado, fantaseo con el fin del mundo. Cualquiera de sus versiones me vale: Apocalipsis bíblico, accidente nuclear, catástrofes naturales a gran escala o la tercera guerra mundial. Lo que sea. Lo que sea para acabar con la puta humanidad de una vez. Lo que sea para evitar tener que salir a la calle, afrontar los días, estudiar, socializar, darme cuenta de que estoy solo, de que no he logrado nada relevante en mi vida. Lo que sea.  Siempre, lo que sea, todo el rato. Estoy harto de pensar en el millón de cosas que aún no he logrado, en todas las cosas que tengo pendientes, o a medio hacer. Mi vida psíquica se resume en un montón de voces gritándome que me mueva de una puta vez, que me ponga en marcha, que estoy desperdiciando mis días, que me espera un futuro brillante y que tengo que ser feliz. Pero ya no sé lo que significa ser feliz, ni por qué debería hacer todas esas cosas que tengo pendientes y que me siento obligado a realizar. Llevo toda la vida haciendo lo que me dicen. Estudiando lo que me dicen. Viviendo como me dicen. Tengo casi veinticuatro años y creo que el 99% del tiempo que llevo vivido lo he invertido en cosas ajenas a mí. Toda mi vida he sido un hijo, un estudiante, un amigo, un becario. Pero nunca he sido una persona. No sé lo que es ser uno mismo. De repente, soy demandante y sensible, y cuando nadie me acoge, vuelvo a convertirme en alguien desapegado, frívolo. No sé cómo acabar este texto. No sé por qué he empezado a escribir. No sé por qué sigo viviendo, la verdad (calma, esto no es una nota de suicidio). Tampoco sé por qué sigo escribiendo. Siempre que escribo busco un final contundente, un cierre definido, pero no creo que lo haya para esto. Al fin y al cabo, mañana podría volver a leer todo esto como algo nuevo y daría igual, nada habría cambiado. El mismo día repetido infinitamente de lunes a viernes, durante años. Durante todos los años que llevo triste.


Antimagia o remedios caseros de nada

Era cualquier día de invierno (o eso recuerdo) y yo tendría unos ocho o diez años. Cenábamos mis padres y yo en casa de unos amigos suyos, en la casa, de hecho, donde conocí al cocinero años más tarde. Era la típica casa vieja de campo, con gruesos muros de piedra y ventanas insignificantes para atrapar la mayor cantidad de calor posible, y un montón de muebles viejos (que no antiguos, sólo viejos) abarrotaban cada estancia. Habíamos terminado de tomar el postre, y mis padres me pidieron que llevase una pila de platos sucios a la cocina, y así lo hice.

Al llegar a la cocina, una sensación de desasosiego se apropió de mí, y me quedé en la puerta de la habitación, observando una estantería de madera que se encontraba colgada delante de mí. Estaba llena de frascos con especias, y parecía endeble. Era como si estuviera sufriendo, agotada por el peso de tanto cacharro, y me puse muy nervioso. Estaba seguro de que aquella estantería iba a caerse. Me quedé inmóvil, observándola, durante unos instantes o unos minutos, que pese a no tener muy claro cuánto duraron, a mí me parecieron una eternidad. Mirando, mirando fijamente. Preocupado por la pobre estantería, y como los niños no están hechos para permanecer inmóviles mucho tiempo, acabó ocurriendo lo inevitable: De repente, la estantería se desplomó sobre la encimera de la cocina, condenando a los pobres frascos que de ella dependían, y desparramando todas las especias, que se mezclaron en una espesa nube.

Tosiendo, despavorido y con la cara llena de tomate en conserva, salí corriendo tan rápido que ni siquiera recuerdo qué hice con la pila de platos que antes cargaba, sólo sé que corrí y corrí por toda la casa, llamando a mis padres a gritos. Al verme con toda la cara roja, mi madre se horrorizó, hasta que comprobó que todas y cada una de las manchas en mi cara, eran de tomate, y no de sangre, pero no pasó nada más. La estantería y sus víctimas fueron recogidas y limpiadas, y no se volvió a hablar del tema.

 

¿Cuáles son las probabilidades de que algo así ocurra? Es mágico, ¿verdad? Pues no. Pura estadística. Podemos ser víctimas de un rayo en cualquier lado, o de un ataque de un tiburón en cualquier playa del mundo. A mí me tocó la inmolación de una estantería, pero no es magia, no es paranormal. Es entropía pura y dura, y la magia sólo es un nombre para lo desconocido. Los magos sólo son prestidigitadores de precisión, los horóscopos se escriben con heurísticos y profecías autocumplidas y los chakras no se desalinean, sino que el té verde es astringente, amigos. Creer en la magia es creer en otra religión, y la religión nace del miedo. De hecho, es más probable que una aparición divina no sea más que un síntoma psicótico, y sin embargo aquí estamos, conservando edificaciones construidas  en torno a la enfermedad mental, en torno al delirio colectivo. El amor no está en el aire, está en las hormonas, y no es má que un refinamiento de lo que en otras especies de mamíferos llamamos simplemente apego. Creer en la suerte es dejar de creer en uno mismo, y no tenemos un único alma gemela. Hay personas compatibles en una simple conversación, en una relación, en un debate y en una cama, y sin embargo habrá muchísimas más que sean incompatibles. La puesta de sol es diferente cada día, cada lugar, en cada segundo y para cada persona, y sin embargo, todos los atardeceres son el mismo sol y como idiotas coleccionamos fotografías que creemos únicas pero no dejan de ser  variaciones de lo mismo, con nubes y colores. Las epifanías son producto de la ansiedad o la cafeína, las autorrevelaciones nacen del dolor, y nuestra vida espiritual es perfectamente reductible a reacciones químicas. El problema es que al darnos cuenta de todo esto, no nos queda nada, así que obviemos mi jergafasia y entreguémonos a aquello que nos obsesione.


Ráfagas

Hace algunas noches, oí cómo unos amigos comentaban que en cuestión de crianza, una bofetada a tiempo ahorraba muchas tonterías de los niños, y yo, horrorizado, pasé como media hora argumentando que nunca es bueno enseñarle a un niño que la violencia es justificable, que vale para algo, y de repente, en plena discusión, me sorprendí a mí mismo construyendo mis argumentos desde el miedo. Desde el miedo a perder el miedo. Siempre he rechazado la violencia, y aquella noche entendí por qué. No es otra cosa que el miedo a que de repente, me sienta atacado por la vida, y algo en mi cabeza haga click, mi autocontrol se desintegre, y un buen día, salga de la estúpida ensoñación de la violencia para descubrir mis huesos ya pudriéndose en una celda: Todo mi alrededor, presa de la destrucción. Todos muertos o tullidos, edificios en llamas, pulmones en chanfaina y ojos trinchados en una gargantilla. Es tan delirante que parece una broma macabra. Cabe pensar ¿Cuán loco hay que estar para dejarse llevar de semejante forma por la rabia? Pero es que no es rabia, sino una, dos, tres, siete, trece, diecisiete voces gritándose unas a otras dentro de mi cabeza, y es imposible encontrar silencio. El cerebro es una ametralladora de fogonazos, un antisíndrome de Stendhal que me arrastra por la desidia, la agresividad, la melancolía, la euforia, la manía y la tristeza cada día, y aunque lo intento, no puedo poner en palabras los cincuenta y cinco pensamientos aleatorios que genera mi cabeza cada veintitrés segundos. Van y vienen antes de que haya podido siquiera asimilarlos, demasiado rápido, demasiado juntos, demasiado diferentes, demasiado extraños. Me río de mí mismo pensando que estoy poseído por cientos de espíritus de cocainómanos, y un segundo más tarde estoy llamándome imbécil por pensar semejante gilipollez, pero en treinta segundos se me ocurrirá otro chiste, otra estupidez, y al no tener a quién contársela, volveré a reír yo solo. Miento, solo no: Reiré acompañado del recuerdo de las treinta y siete personas de las que me acuerdo cada hora. Evocaré el rostro de las doce o trece musas que nunca fueron o nunca serán más que una coincidencia, una anécdota, una obsesión de media hora. Imaginaré sus cuerpos desnudos, que probablemente nunca vi, o extrañaré a amantes que no pude aprender a querer. Envenenaré mis recuerdos de los malos tragos y el daño que álguienes me hicieron –a propósito o no, eso es lo de menos – y sin parar de morderme las uñas, garabatear, charlar con un desconocido, cantar o mirar el techo, volveré a pensar por cienmilésima vez

“Joder, estoy enfermo”.


Notas de viaje (07/07)

Llevo un océano a rastras entre pecho y espalda, mientras una horda de musas insomnes me besa las llagas infectas del alma.
Atravieso desiertos que cada día están más cerca de casa, y siete horas de jetlag apuntalan el cansancio en mi cara.
Desearía ser amnésico para tener que llorarle solamente al mañana.


Justificante de drama

Anoche un colega me dio un lametón de coña en la oreja y fue lo más deseable que me he sentido en meses. No deseado, no. Deseable. Ser capaz de ser deseado. Me miro en el espejo y veo una masa fofa. Tengo veintidós años y me estoy muriendo por dentro. O mejor dicho: me estoy matando. Siempre fui atlético. Nunca fui el más rápido, pero sí era ágil. Hacía muchísimo deporte, y llegué a obsesionarme con tener un cuerpo perfecto. Era una máquina. Hasta que empecé a fumar. Seguí haciendo deporte, pero lo fui dejando poco a poco. No pensé que fuera a engordar. La sola idea de que mis músculos se atrofiaran era algo inconcebible. Ahora veo mis manos gordas, y mis piernas flacas y torpes. Además, mis estudios son un desastre. Me han despedido. He ido arrastrando asignaturas pendientes a lo largo de cinco años de universidad, y mientras escribo esto, ni siquiera sé si debería esforzarme en un trabajo de fin de grado demasiado exigente porque no sé si podré seguir estudiando en mi facultad. No sería un dropout. Sería un kickout. No habría abandonado: me habrían echado. Y ni siquiera sé si me van a echar. (Esperad, que voy a amontonar la ropa sucia contra la puerta para que la corriente deje de abrirla, porque me está volviendo loco. Ya.) Me siento indeseable en todos los sentidos: Física, profesional y espiritualmente. Todo. Odio todo lo que representan mis acciones. Y lo peor es que no paro de reírme de mis fracasos. Es inevitable que parodie TODO. Pero yo qué sé, supongo que me río por no llorar. Porque llorar no me sale.


THERE IS SOMETHING WICKED ABOUT YOUR EYES

Hay una llama

extraordinaria tristeza,

que empaña una pasión en cascada

vertiéndose sobre las vísceras

de plata tóxica y nácar.

Invadidas de sueños suicidas

de gritos de placer,

y arcadas en el alma

pulsiones voraces,

echando de menos tu cama.

y un insomnio insaciable

Un abismo vacío,

lleno de ganas anestesiadas

del que sólo se puede huir

naufragando en la intimidad

saltando por la ventana.

 

-Nota para el lector sorprendido por el formato: Léase en orden o por columnas-


Guía para el cuidador de demonios principiante

Cuidar demonios siempre resulta agotador, sobre todo porque  tener demonios no es como tener un gato, un perro, como tener peces, o ni siquiera como tener hijos, ya que nunca es algo planeado. Los demonios pueden aparecer en cualquier momento, sea bueno o malo: les da igual que sea primavera o que sea domingo, y cuando llegan, es para quedarse. Y no se van. Nunca. Lo máximo a lo que puede aspirar uno es a que se queden como están: calladitos, pequeñitos, tranquilitos. Que no monten mucho alboroto, que le dejen dormir a uno, que no ensucien. Eso es lo mejor que le puede pasar a alguien que cuida demonios.

 

Hemos dicho antes que los demonios llegan, pero el primer paso no es que lleguen.

No, el primer paso para cuidar demonios es darse cuenta de que están ahí. Y digo darse cuenta porque es eso lo que ocurre: Los demonios han podido llegar ayer, o hace diez años, pero en un momento determinado, uno se da cuenta de que hay algo más  allí donde está, y claro, tiene que hacerse cargo de aquello, y de repente brota un mar de dudas de la mismísima nada: ¿Qué comen? ¿Dónde duermen? ¿Hacen caca? ¿Tengo que llevarlos conmigo siempre? y otros cientos de preguntas  propias del cuidador principiante aparecen ante nosotros, pero con la experiencia, comprobaremos que cuidar a nuestros demonios es más sencillo de lo que parece en un primer momento. (Advertencia: Cuidar demonios NO es fácil. Al principio le parecerá que la simple tarea tranquilizarlos es imposible, y cualquier interacción con ellos será insoportable, pero no desespere: los demonios sólo son vestigios de algo mucho peor).

 

Los demonios, como cualquier depredador doméstico,  requieren una alimentación variada: Se alimentan de sueño, de preocupaciones y de debilidades, generalmente de procedencia humana, siendo especialmente voraces con las almas incautas, las aprensivas e incluso con las despistadas. Aquí habremos de diferenciar entre demonios de campo y demonios de ciudad, pues los de ciudad tienden a vivir en grupo, mientras que los demonios de campo llevan una vida más solitaria, por lo que el cuidado de demonios de ciudad requerirá un mayor esfuerzo.

 

En cuanto a las comodidades, no se preocupe: Los demonios suelen amoldarse bien al entorno en el que viven sus propietarios, quizá incluso con demasiada facilidad, llegando a ser un poco intrusivos y territoriales en determinadas ocasiones. Sus demonios, generalmente dormirán con usted, pero si esto le incomoda, no dude en imponerse: Cierta disciplina es necesaria, o sus demonios podrían acabar imponiéndose a su voluntad y campando a sus anchas por su vida, ya que además se trata de seres activos e inquietos, tanto de día como de noche, siendo en ocasiones revoltosos y caóticos, sin importarles el estado de salud de su cuidador. Este es el principal problema que plantean: Los demonios pueden despertarse en cualquier momento y poner su vida patas arriba.

 

Pese a dicha inquietud, los demonios no  requieren excesivos cuidados: Usted puede pasearlos con la frecuencia que considere oportuna, tanto de día como de noche o no sacarlos en absoluto. Eso sí, algo que requiere especial atención es en qué momento libera a sus demonios: No es recomendable que éstos correteen libremente en presencia de otras personas, ya sean amigos o familiares, pues de no ser personas de mucha confianza podrían asustarse al ver que usted es propietario de uno o más demonios. Huelga decir además que estas reacciones nunca son positivas para los propios demonios, los cuales podrían volverse más problemáticos en el futuro. Asimismo, lo más seguro es que usted procure evitar demonios ajenos en la medida de lo posible, sobre todo a la hora de encargarse de demonios que no sean suyos ya que puede ser altamente peligroso, tanto para el propietario original como para usted. Dedíquese a sus propios demonios: verá que éstos son más que suficientes.

Como bien hemos dicho antes, los demonios no se irán de su vida, ya que no mueren. Por el contrario, sus demonios permanecerán a su lado a lo largo de su vida, por lo que el objetivo de aprender a criar y cuidar demonios es que permanezcan tal y como son, o incluso reducirlos, en caso de que sean demasiado grandes para manejarlos bien. No queremos unos demonios que crezcan y crezcan hasta que sean capaces de devorarnos, así que si en algún momento observa que un demonio se le está yendo de las manos, repetimos: Impóngase. Al fin y al cabo, los demonios no serían nada sin nosotros.


Barricada

Como Londres o Roma ardo hasta los cimientos,

Y no puedo culpar a los cristianos para salvar mi cuello.

Mil historias están naciéndome dentro,

y tengo que apuñalarme para darles techo.

 

No puedo. No puedo.

Siempre que escribo,

emana algún dolor nuevo.

Me bato en duelo contra mí mismo habiéndome quedado ciego.

 

En la misma sala donde bailan mis fantasmas

habitan amantes fugaces a los que no consigo poner cara,

y un torrente de deseo sangra, manándome del alma.

 

No existen. -me miento- No existes. -me dicen-.

Y el amor, que se propaga como la peste,

toma la forma de un rostro vacío que me persigue con tus ojos tristes.

 

P.S.

Me encerré para sacar al monstruo que llevo dentro

pero nunca se irá de mis tripas; mis fantasmas son su sustento.