Archivo mensual: octubre 2015

El día de la raza y los apátridas

“En 1492 los indios descubrieron que eran indios” – E. Galeano

Hace algunos días, una compañera de clase me deseó “Feliz puente y feliz día de la Hispanidad”, y cuando le dije que no se trataba de una fecha feliz, me miró extrañada. Como si estuviese loco.

Hoy es doce de octubre, fiesta nacional. Se celebra el día de la Hispanidad, o como se conoció hasta 1926, El día de la raza. El doce de octubre de 1492, Cristobal Colón llega a América, siendo un hecho tan importante que marca el inicio de la Edad Moderna. Podríamos decir incluso que se establecen los pródromos de lo que hoy en día conocemos como globalización. Además, en los primeros días de ese mismo año, los Reyes Católicos derrotan a los árabes que quedan, y Granada pasa a formar parte de la Corona de Castilla, poniendo fin a más de setecientos años de Reconquista. No contentos con haber expulsado a los árabes de la península, los Reyes Católicos decidieron además perseguir y expulsar a todos los judíos, que llevaban varias generaciones en la península, y frotándose las manos por las noticias que trajo Colón, Castilla se embarca en la conquista de un continente virgen, lleno de riquezas que pronto llenarían sus arcas. En menos de un siglo, nos veríamos convertidos en todo aquello que habíamos odiado durante casi mil años.

El doce de octubre de cada año, se celebra la transformación de víctima en agresor. Se celebra la evolución de conquistados a conquistadores. O mejor dicho, a saqueadores y asesinos. La codicia  y la falta de escrúpulos hecha realidad. Porque los libros de historia de los colegios siempre nos dirán que fuimos colonizadores, pero después de la llegada de las primeras expediciones a América, no quedó ni un asentamiento nativo en pie. Los colonos sometieron a los indígenas al yugo de la esclavitud y a una evangelización forzosa. Creyéndonos con la potestad de decir qué dios es válido, y a llevarnos todo su oro a casa por el simple hecho de que los primeros en llegar habíamos sido nosotros y no ellos. Llegamos, saqueamos, asesinamos, esclavizamos y contaminamos sus tierras con epidemias que mermaron la población local a la décima parte. Y cuando no quedó nada que robar, y se alzaron en nuestra contra, nos fuimos. Esta es la grandeza de la Civilización.

Un país no es nada sin un idioma, y nos enorgullecemos también de que el Castellano es la tercera lengua más hablada del planeta, pero se nos olvida que este hito es el resultado directo de un genocidio imperialista que además favoreció el florecimiento de una esclavitud que duró siglos. Y hoy, doce de octubre, las Fuerzas Armadas desfilarán delante del Rey, del Capitán General de todos los ejércitos, para celebrar la victoria de la fuerza bruta y la violencia, para regodearse en la gloria de haber sometido a innumerables pueblos inocentes.

Tras explicar lo que realmente significa este día, espero que el lector entienda ahora por qué no quiero celebra nada, porque no creo que haya nada que celebrar. Si ser español es celebrar la consumación de lo más vil de lo que es capaz la especie humana, no quiero formar parte de ello. Nací en Madrid hace veintidós años, pero no me siento español. Me sentiría español si de verdad tuviera motivos para sentirme orgulloso de ello. Y no, no me vale el fútbol.

Vivimos en un país en el que el premio nacional de tauromaquia tiene un valor superior al premio nacional de poesía. La destrucción tiene mejor aceptación que la creación. Un país democrático y aconfesional, en el que sin embargo, la religión es materia obligatoria, y la fe, contenido evaluable; la nobleza y la Iglesia Católica están por encima de la ley y son beneficiadas por el gobierno. Un país en el que se mantiene una monarquía sin función alguna más allá de viajar y “representar a España” diplomáticamente. Tenemos un representante que no dirige, que no gobierna, que no toma decisiones.

Además, se obvia la importancia de la enseñanza y se precariza. La música, la filosofía y la educación plástica desaparecen de los currículos escolares que cada vez parecen más enfocados a educar masas de clones obedientes y sin ideales propios, sin espíritu crítico. La creatividad se ignora o incluso se penaliza por ser diferente de la norma, y se premia la obediencia y la repetición literal de lo que dictan los libros de texto. Y eso, estimado lector, en un país no tercermundista se llama adoctrinamiento. Pero claro, hay quien dice que España es uno de los países más civilizados de África.

En este país, la cultura está considerada artículo de lujo, y cuesta más ir al cine o comprar un libro que una botella de alcohol. La televisión alcanza sus mayores índices de audiencia cuando se emiten reality shows o partidos de fútbol, y los estadios se llenan mientras los teatros quiebran y acaban siendo vendidos y reconvertidos en centros comerciales. En este país, tienes que pagar al Estado si quieres utilizar la energía del Sol.

No quiero formar parte de algo así. No cuando cuarenta y seis millones y medio de personas permiten que se pisotee a los necesitados, se abandone a los jóvenes que luchan por crecer o que se multe a alguien que mendiga porque no tiene para comer. No me siento español, y me duele decirlo, porque he nacido y crecido aquí, pero sin embargo hay infinidad de cosas que me han formado tal y como soy, y me siento de ellas.

Me siento de mi padre y de mi madre, que me han enseñado a amar la vida y a querer sacar la mejor versión de mí mismo. Me siento de mis amigos, con los cuales comparto mis mejores y mis peores días. Me siento de mi ciudad, porque aunque tantos gobiernos hayan intentado envenenarla, siempre tiene algo que me sorprende, algo que merece la pena. Me siento de sus museos, de sus restaurantes, de sus parques y de sus calles. Me siento de los túneles de metro, y de las nubes de su cielo. Me siento de personas que creyeron en el arte, en la ciencia, en la justicia, en la libertad y en un futuro mejor. Me siento de Cervantes, de Calderón y de Lorca. De Velázquez, de Goya, de Dalí. Me siento de Picasso y de Gaudí. Me siento de Ortega y Gasset. Me siento de Ramón y Cajal. Me siento de Echegaray, de Benavente. Me siento de Aleixandre. Me siento de Buñuel, de Cuerda, de Berlanga. ¡Qué digo! Me siento hasta de Séneca, que antes que de Roma, fue de Córdoba. Me siento antes de Azaña, que de los Austrias o de los Borbones. En definitiva, me siento parte de lo que considero importante, no de conceptos arbitrarios que sólo llevan a rechazar a los que son diferentes, porque me siento más unido a personas que nacieron lejos, pero que son como yo, que a los toros, el fútbol, las procesiones o el ensalzamiento de un genocidio.

No me siento español, ni de España; me siento de la vida. Me siento humano.


Novedades: Pineal Magazine, y lo que viene

Hola a todos y todas.

Este post no es literatura. Es un aviso de lo que he estado haciendo últimamente, incluyendo los motivos de por qué he tenido tan abandonado el blog.

Desde marzo-mayo, he estado trabajando en un proyecto de Fanzine-Magazine puramente artístico con varios artistas de disciplinas muy diversas (desde ilustración y collage hasta fotografía o poesía), y volcando en él el poco tiempo que he tenido para escribir. El proyecto en cuestión se llama PINEAL MAGAZINE, y espero que todos o casi todos le hayáis echado un vistazo a algún número. Se trata de una publicación mensual, generalmente programada para el día 13 de cada mes. Suelo publicar entre dos y tres textos, y actualmente dirijo el proyecto junto a otras dos amigas mías, Melanie y Marjan.

De todas maneras, una vez a la semana postearé aquí el contenido que he ido publicando en números anteriores de la revista, para que podáis recibirlo de forma más o menos periódica.

Además, os dejo aquí abajo los links para que podáis leer todos los números íntegramente.

Por último, antes de despedirme quiero deciros que intentaré encontrar tiempo para dedicarme más a menudo al blog, ya no sólo en contenido de Pineal, sino para publicar varios relatos más largos en los que estoy trabajando, cuyo formato no se adecúa a la brevedad que requiere la revista en sí.

Como siempre, gracias por leerme y hacerme llegar vuestras críticas y comentarios,

pero sobre todo: Gracias por leer.

Kate

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