Archivo mensual: abril 2013

Clavado y hundido.

-¿Quieres un consejo? Nunca intentes atracar un establecimiento que tenga trastienda. O no uses escopetas recortadas. O ten controlado a todo el mundo. O vigila cuánta gente hay antes de entrar. Mierda, no puedo dejar de correr, este acojone me hace correr tan lejos como pueda. Ese tipo estaba loco. No le has visto, en serio. Jodidamente loc -el jefe interrumpió la frase a la mitad-.

-¿Recortadas? ¿Para un simple cobro? ¿A quién coño se le ocurre, Ochenta y Tres? ¿Qué pasó con las nueve milímetros que os di, capullo? Por cierto, vuelve a tutearme y hago que te corten las orejas.

-Mierda, ¿jefe? -mi tono de voz cambió súbitamente, y es probable que me pusiera pálido, pero no dejé de correr-. Disculpe, pensé que había llamado al conductor, el muy cabrón ha desaparecido y me persiguen.

-Cálmate y dime qué coño ha pasado, idiota. -oí cómo resoplaba y se encendía un cigarro-.

-Espere, ahora le llamo.

Colgué, guardé el teléfono móvil en el bolsillo de mi chupa y miré hacia atrás. Nadie me seguía. Me metí en un callejón y me escondí detrás de unos cubos de basura. Después de sentarme, abrí la repetidora e introduje tres cartuchos nuevos. Joder, tenía los huevos de corbata. Apenas podía respirar, pero busqué mi paquete de cigarrillos y me encendí uno. Di una profunda calada y tosí fuertemente. Era demasiado fuerte para mi gusto. Di otra calada, con más cuidado que la primera vez, y traté de calmarme.

Es increíble, me decía a mí mismo. Todo se había ido a la mierda en un momento. Lo único que teníamos que hacer Trece y yo era cobrar el dinero de la protección de la tienda de los Suárez y más tarde dársela al jefe. El señor y la señora Suárez tenían una pequeña tienda en la que vendían ultramarinos; la señora Suárez se encargaba de atender a los clientes y su marido hacía las tareas de carnicero y pescadero. en un viejo mostrador que tenían en un rincón de la tienda.

Al entrar, Trece y yo habíamos visto que la señora Suárez estaba sola, por lo que sería todo mucho más tranquilo que si estaba también su marido.

Empezamos a amenazarla y a reírnos de su acento colombiano, pero cuando pasó un rato y no nos daba el dinero, Trece decidió sentarla en una silla y emplear un poco la fuerza para hacerla entrar en razón. Los gritos de la señora eran cada vez más fuertes, y mientras yo le daba bofetadas, el señor Suárez irrumpió en la estancia por la puerta de la trastienda.

-¡Estoy harto de que os llevéis nuestro puto dinero, blanquitos!

Como en una película, los siguientes segundos pasaron a cámara lenta. El señor Suárez bajó los dos peldaños de la trastienda y lanzó un cuchillo en nuestra dirección. Yo me resguardé detrás de la señora Suárez y Trece se agachó, justo a tiempo para evitar el cuchillo, que golpeó la caja registradora e hizo que se estrellara contra el suelo con un ruido metálico ensordecedor.

Trece se levantó y vació el cargador de su escopeta en dirección al señor Suárez, mientras yo me arrastraba para alcanzar la mía.

-¡Muere, latino cabrón!

Los tres disparos sonaron menos de lo que debían, y yo pensé que me había quedado por culpa de la caja registradora.

El señor Suárez se había ocultado tras el mostrador de la carne, salpicado ahora de cristales rotos, y cogiendo una cuchilla de golpe, salió de su escondrijo y la lanzó contra Trece, alcanzándole esta vez en la frente. Mi compañero cayó de espaldas, dejando caer la escopeta a su lado. La señora Suárez gritaba.

Tardé un segundo en reaccionar. Me levanté, y usando como escudo a la señora Suárez, disparé dos veces contra el carnicero asesino, que cayó al suelo, no sé si porque le di, o para evitar que los cartuchos le mataran. Me deshice de la señora Suárez de un empujón y   le disparé en la cabeza. Su cuerpo cayó al lado del de Trece.

-¡Nooooooo! ¡Malnacido!-oí gritar al señor Suárez-. ¡Llamaré a la policía!

-¡Ojo por ojo, hijo de puta! -grité yo, mientras salía por la puerta principal de la tienda y corría calle abajo. El resto era todo seguido, correr, seguir corriendo y llamar al jefe por equivocación. El conductor debía haber estado en la puerta de la tienda esperándonos, pero supongo que al oír los tiros se acojonaría y se habría ido antes de que yo disparase otra vez.

Me terminé el cigarro y volví a llamar al jefe. Le conté todo. Que pensábamos que las recortadas intimidarían más, que Trece me guiaba porque yo tenía menos experiencia, y que estaba acojonado. El jefe me dijo que fuera al astillero de Lock Bay, que teníamos que ajustar cuentas, y que la cosa no quedaría así.

Estaba acojonado. Había matado a una mujer inocente, habría una investigación policial, y por si fuera poco, mi propio jefe quería matarme. Además, si iba a la cárcel no serviría de nada, la organización tenía miembros dentro, y me matarían de todos modos. Joder, y encima el puto Trece está muerto. El mismo que me estaba enseñando cómo funcionaba todo, el que era mi “mentor del crimen”, mi compañero. La única persona que se preocupaba por mí. Me toqué la cara y me di cuenta de que tenía manchas de sangre alrededor de los ojos, la nariz y la boca. Noté su sabor salado. Era sangre de Trece, joder. Empecé a sollozar. Nunca me había salido nada bien, pero ese día la cosa se había salido de madre. Había estado buscando a la muerte, y por fin la había encontrado. Estaba agotado, así que me dormí allí mismo, rodeado de basura.

Las sirenas me despertaron. Venían a por mí. No era raro, muchas personas me habían visto salir de la tienda chorreando sangre con una escopeta en la mano, aparte de los seis disparos y la promesa del señor Suárez de llamar a la policía. Las sirenas taladraban mi cabeza y un coche patrulla entró derrapando en el callejón, golpeando los cubos de basura que me tapaban. Estaba agotado, sentado y en desventaja numérica, frente a dos policías que salían del coche. Miré la escopeta y tomé una decisión. El disparo resonó haciendo eco mientras mi cuerpo salía despedido contra la pared del callejón.

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Red Warlock Poems

Uno:

Los brotes surgen de la tierra,

pequeños, pero majestuosos

pedazos de vida

de extraordinarios poderes,

reciben vida, y a cambio,

te regalan alas.

Volar, lejos de aquí,

de dondequiera que estés,

huir un rato, o una eternidad,

un segundo, o un siglo,

un minuto, o una vida

quiero volar, lejos de aquí.