Archivo mensual: agosto 2016

Ráfagas

Hace algunas noches, oí cómo unos amigos comentaban que en cuestión de crianza, una bofetada a tiempo ahorraba muchas tonterías de los niños, y yo, horrorizado, pasé como media hora argumentando que nunca es bueno enseñarle a un niño que la violencia es justificable, que vale para algo, y de repente, en plena discusión, me sorprendí a mí mismo construyendo mis argumentos desde el miedo. Desde el miedo a perder el miedo. Siempre he rechazado la violencia, y aquella noche entendí por qué. No es otra cosa que el miedo a que de repente, me sienta atacado por la vida, y algo en mi cabeza haga click, mi autocontrol se desintegre, y un buen día, salga de la estúpida ensoñación de la violencia para descubrir mis huesos ya pudriéndose en una celda: Todo mi alrededor, presa de la destrucción. Todos muertos o tullidos, edificios en llamas, pulmones en chanfaina y ojos trinchados en una gargantilla. Es tan delirante que parece una broma macabra. Cabe pensar ¿Cuán loco hay que estar para dejarse llevar de semejante forma por la rabia? Pero es que no es rabia, sino una, dos, tres, siete, trece, diecisiete voces gritándose unas a otras dentro de mi cabeza, y es imposible encontrar silencio. El cerebro es una ametralladora de fogonazos, un antisíndrome de Stendhal que me arrastra por la desidia, la agresividad, la melancolía, la euforia, la manía y la tristeza cada día, y aunque lo intento, no puedo poner en palabras los cincuenta y cinco pensamientos aleatorios que genera mi cabeza cada veintitrés segundos. Van y vienen antes de que haya podido siquiera asimilarlos, demasiado rápido, demasiado juntos, demasiado diferentes, demasiado extraños. Me río de mí mismo pensando que estoy poseído por cientos de espíritus de cocainómanos, y un segundo más tarde estoy llamándome imbécil por pensar semejante gilipollez, pero en treinta segundos se me ocurrirá otro chiste, otra estupidez, y al no tener a quién contársela, volveré a reír yo solo. Miento, solo no: Reiré acompañado del recuerdo de las treinta y siete personas de las que me acuerdo cada hora. Evocaré el rostro de las doce o trece musas que nunca fueron o nunca serán más que una coincidencia, una anécdota, una obsesión de media hora. Imaginaré sus cuerpos desnudos, que probablemente nunca vi, o extrañaré a amantes que no pude aprender a querer. Envenenaré mis recuerdos de los malos tragos y el daño que álguienes me hicieron –a propósito o no, eso es lo de menos – y sin parar de morderme las uñas, garabatear, charlar con un desconocido, cantar o mirar el techo, volveré a pensar por cienmilésima vez

“Joder, estoy enfermo”.

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