Archivo mensual: octubre 2012

Runaways, III

Por fin lo habíamos conseguido: El sueño perfecto de nuestra adolescencia hecho realidad.

 

La casa era fantástica. Asentada sobre una base de piedra y ladrillo. Paredes y techo de madera de roble, dos habitaciones y un baño en cada ala, separadas por una sala de estar y una cocina del mismo tamaño. Simétrica, cuadrada y de tejado poco inclinado, con un porche en la parte delantera desde el cual podían observarse las secas praderas y el valle, por el que corría con dificultad y constancia un arroyuelo, que además, era de agua procedente de las montañas, por lo que teníamos suministro de agua potable asegurado.

 

Podríamos tener un huerto, lo cual nos permitiría ser autosuficientes en cuanto a comestibles vegetales. Teníamos un viejo rifle del calibre .22, con lo que podríamos cazar palomas, conejos e incluso algún cervatillo despistado que se aproximase lo suficiente a la casa. Éramos virtualmente independientes del resto del mundo, y la sensación era maravillosa.

 

¿Imagináis una comuna hippie, como en los años sesenta? Eso era lo que queríamos, y en ello lo convertimos. Era el paraíso. Andar en ropa interior todo el día no era la mejor manera de mantener la cabeza fría y no podíamos evitar dejar volar la imaginación cuando Océan aparecía tapando sus curvas únicamente con mi camiseta de los Pixies. Joachim maldecía cada vez que la veía aparecer.-Joder, tenías que tirarte tú a la francesita, ¿no? -Y nos reíamos. Sabíamos que la atmósfera en la que vivíamos invitaba a compartir momentos con cada persona, sin celos por parte de nadie, y eso nos aliviaba. Nada era como en la ciudad. No existían los celos, ni tampoco la envidia; la sexualidad era libre y por supuesto, todos confiábamos plenamente en los demás. Éramos cómplices desde que decidimos escapar de la civilización que tanto odiábamos. Cada uno teníamos un pedazo del infierno viviendo en alguno de esos rascacielos, algo que nos hacía huir y buscar refugio en almas atormentadas similares a las nuestras. Esos traumas culturales nos habían dejado una tara a cada uno:

 

Océan padecía un terrible insomnio, lo cual al principio estaba bien, pero después de pasar tres o cuatro noches follando sin parar, yo necesitaba algo más que una siesta de dos horas para afrontar el día sin parecer un zombie salido de La Noche de los Muertos Vivientes.

 

Zoe, pese a que su figura se empeñaba en decir lo contrario, comía a todas horas. Este pequeño pozo sin fondo de metro cincuenta y cinco hacía una media de siete comidas diarias, y siempre le gastábamos bromas diciéndole: “¡Pero si no te cunde nada!”. Ella lo achacaba al estrés, pero realmente no puedes sufrir mucho estrés en mitad de ninguna parte, mientras inviertes tu tiempo en hacer lo que te da la gana. Era un estrés residual provocado por su padre, que durante veintiún años le había hecho la vida imposible.

 

Joachim bromeaba con su adicción al tabaco. “Todos fumáis”, decía entre risas, acusándonos de fumarnos su tabaco, pero no tenía excusa, ya que lo único que nos fumábamos era su hierba (que no niego que fuese una putada, pero éramos cinco y él era el único que fumaba tabaco). No sabíamos qué haría cuando se le acabase el tabaco, aunque nosotros rezábamos por que no fumase marihuana al mismo ritmo que el tabaco, porque aunque teníamos una buena plantación, no estaría lista hasta el principio del otoño.

 

Por último, Nico. Debido a su extraña belleza centroeuropea, había sido perseguida y acosada por doquier, lo que le había causado un trastorno paranoide. Trabajaba en una cafetería y sentía que iba a encontrar peligros al doblar cada esquina de camino al trabajo, pero el verdadero peligro no estaba en ninguna esquina, sino al llegar a aquella mugrienta barra, en la que su jefe no perdía oportunidad para meterle mano cada vez que servía una cerveza.

El muy cerdo se aprovechaba de que Nico no tuviese papeles para desempeñar su “obra de caridad”: Le pagaba una miseria por turnos de camarera de doce horas, llevando una falda que no llegaba a las rodillas y una camisa abierta hasta el ombligo. La verdad, lo único que fui capaz de pensar cuando le vi desplomado sobre su escritorio con un hacha dividiendo su cráneo en dos, fue que el puto diablo se lo merecía. Pobre Nico, lo que había sufrido por este malnacido. Me llamó llorando, histérica. Ni siquiera escondimos el cadáver. Levanté a la chica del suelo, la abracé, y salimos por la puerta de atrás. Entramos en el viejo Chevrolet Suburban y le dije que se tranquilizase, que todo iba a estar bien. Me dijo que cómo podía estar tan seguro, que había matado a un hombre, que no quería ir a la cárcel, que no tenía papeles, que la iban a deportar, y un montón de gilipolleces más. Cuando terminó de vomitar aquella verborrea histérica le dije que no iba a ir a la cárcel, porque yo tenía un plan, así que fuimos a por los demás.


El amor es una parodia del ser humano.

El amor es la parodia del ser humano.

Que por qué digo esto, me diréis. Que menudo gilipollas, pensaréis. Pero lo cierto es que el amor es algo ridículo. Quiero decir, ¿cuántas idioteces hemos hecho por alguien a quien queríamos, sin siquiera pensar en lo absurdas que pueden parecer a los ojos de los demás? La mayoría de esas cosas ni se nos pasarían por la cabeza un día cualquiera; son ese tipo de cosas que no haríamos por nuestro mejor amigo o por nuestro perro.

Cuando el ser humano está enamorado, se ha demostrado que el cerebro aumenta la secreción de ciertas hormonas como las endorfinas, llamadas “hormonas del placer”, que generan un bienestar que en ocasiones puede nublar nuestro juicio crítico y hacernos olvidar ser realistas.

Asimismo, si de repente algo, como una discusión o una ruptura, hace desaparecer esta dosis de hormonas, nuestro estado de ánimo baja rápidamente, pudiendo llegar hasta niveles peligrosos, y nuestra visión del mundo cambia radicalmente en cuestión de minutos, o incluso segundos. Todo pasa de ser luminoso y sencillo a convertirse en oscuro y complicado.

Dejarnos llevar por el placer resulta embriagador, ¿no es así? Un poquito de irresponsabilidad bien llevada puede aumentar aún más el propio placer que ya sentíamos previamente, y llevarnos a un estado difícilmente alcanzable de otra manera.

El ser humano es un ente maravilloso, lleno de inquietudes, fantasías, objetivos y sentimientos, pero el amor tiene tal fuerza que nos reduce a una pequeña parodia de nosotros mismos, dejando lo demás en un segundo plano.

Enamorados, somos ridículos, hacemos y pensamos cosas ridículas, y lo único que tememos es que la otra persona deje de querernos. Hacemos lo que sea por evitarlo, cualquier tipo de locura, como si estuviésemos ebrios o drogados, sin importarnos los demás aspectos de nuestras vidas.

El amor es una droga para el cerebro, y es bien sabido que el ser humano actúa de manera impredecible bajo los efectos de las drogas.


“Blood On The Tracks”

 

Me siento como un animal. Peor. Como un animal salvaje oculto en un cuerpo humano y embutido en un traje de Armani. Siento la terrible necesidad de metererle la polla en la boca a la señorita que no deja de repetirme que hay un error en mi tarjeta de crédito y que no puedo llevarme estos trajes feísimos por valor de cuatrocientos treinta y ocho dólares a no ser que pague en efectivo. Intento mantener la calma, pero su voz aguda perfora mis tímpanos y se clava en mis neuronas, cansadas por la falta de sueño. Me invade la tentación de derribar a esta zorra de una bofetada, después sacarme la polla y metérsela hasta la campanilla, atraerla hacia mí tirando de su coleta de pelo castaño y liso hasta notar sus arcadas, y tirar más fuerte hasta ahogarla. La señorita se calla de repente y el inesperado silencio me hace volver a la realidad. Tomo una decisión.

-Disculpe. -Le digo-. Permítame ir al probador a hacer un par de llamadas a mi banco. -Y desaparezco.

En el probador, saco un botecito del bolsillo interior de mi cazadora y me trago dos píldoras de Valium, me ato los cordones de los zapatos y respiro hondo.

Salgo del probador. Me acerco rápidamente al mostrador y mientras saco la pequeña .22 grito: -¡Señorita! -Ella me mira sorprendida y antes de que la mueca de su cara pueda materializarse en un grito una bala en su cráneo hace su trabajo. Justo cuando voy a bajar la pistola me doy cuenta de que hay un gorila de seguridad abalanzándose sobre mí con una porra a menos de un metro de mi brazo derecho, por lo que me tiro hacia mi izquierda intentando esquivar el golpe, aunque el muy hijo de puta consigue golpearme en la muñeca y hacerme perder el equilibrio. El gorila, mi pistola y yo caemos al unísono, pero consigo girarme en el aire, apoyarme sobre mi brazo derecho y lanzar mi pierna izquierda sobre la cara del valiente hijo de puta. Mi muñeca derecha cruje al impactar contra el suelo, pero peor suena la mandíbula del gorila cuando mi pie entra en contacto con su mandíbula. El alarido se oye en todo el centro comercial. El pobre cabrón está mencionando a mi madre, o eso creo entender, porque con la mandíbula desencajada se pronuncia bastante mal.

Aprovecho para levantarme y recoger mi pistola, acercarme al gorila y meterle dos balas en la cabeza. Me acerco a la caja y aparto el cuerpo inerte de la dependienta, que cae sobre la moqueta gris y cojo la bolsa que contiene mis trajes. Me doy cuenta de que las pocas personas que hay ese miércoles a las cuatro de la tarde han oído los disparos y han salido despavoridas, por lo que opto por meterme en las escaleras de emergencia y subo hasta la azotea. Allí me pongo uno de los trajes, uno de color hueso feísimo. Me quito mi cazadora gris y sacudo el polvo que tiene. Hay que joderse, con el dineral que ganan en esa puta tienda, ¿y no son capaces de limpiar la moqueta? Se lo tienen merecido.

Meto la ropa que me acabo de quitar en la bolsa y camino hasta el otro extremo de la azotea. Sopeso mis posibilidades:

Puedo meterme en la otra escalera de incendios, bajar hasta el último piso y luego meterme en el ascensor hasta el parking y coger mi BMW, pero eso me haría un blanco fácil teniendo en cuenta que la rampa de acceso está en frente de la tienda a la que no quiero acercarme y ahora la alarma suena con estridencia.

Finalmente, opto por saltar al edificio de oficinas de al lado, que tiene la misma altura que el centro comercial y cuya cornisa se encuentra a unos dos metros de distancia. Tiro la bolsa al otro lado, cojo carrerilla, salto bien y ruedo al caer para no hacerme daño. Vuelvo a sacudirme el polvo de la americana y me meto por la puerta de las escaleras que da a la azotea. Bajo andando hasta el séptimo piso, en el que encuentro una máquina de café. Me sirvo leche sola con azúcar y llamo al ascensor.

Estoy totalmente tranquilo gracias al Valium, bajo por el al ascensor y salgo por la puerta principal del edificio tarareando “Shelter From The Storm”, de Bob Dylan.

Es en la segunda estrofa cuando me doy cuenta de que esa canción forma parte del disco “Blood On The Tracks”. Me río, saco el móvil, y llamo a Sal para tomar una cerveza en el Dubliners. Mientras hablo por teléfono, me alejo un par de manzanas de los edificios, y en la calle Staunton cojo un taxi. Creo que me he roto la muñeca.