Archivo mensual: septiembre 2016

Antimagia o remedios caseros de nada

Era cualquier día de invierno (o eso recuerdo) y yo tendría unos ocho o diez años. Cenábamos mis padres y yo en casa de unos amigos suyos, en la casa, de hecho, donde conocí al cocinero años más tarde. Era la típica casa vieja de campo, con gruesos muros de piedra y ventanas insignificantes para atrapar la mayor cantidad de calor posible, y un montón de muebles viejos (que no antiguos, sólo viejos) abarrotaban cada estancia. Habíamos terminado de tomar el postre, y mis padres me pidieron que llevase una pila de platos sucios a la cocina, y así lo hice.

Al llegar a la cocina, una sensación de desasosiego se apropió de mí, y me quedé en la puerta de la habitación, observando una estantería de madera que se encontraba colgada delante de mí. Estaba llena de frascos con especias, y parecía endeble. Era como si estuviera sufriendo, agotada por el peso de tanto cacharro, y me puse muy nervioso. Estaba seguro de que aquella estantería iba a caerse. Me quedé inmóvil, observándola, durante unos instantes o unos minutos, que pese a no tener muy claro cuánto duraron, a mí me parecieron una eternidad. Mirando, mirando fijamente. Preocupado por la pobre estantería, y como los niños no están hechos para permanecer inmóviles mucho tiempo, acabó ocurriendo lo inevitable: De repente, la estantería se desplomó sobre la encimera de la cocina, condenando a los pobres frascos que de ella dependían, y desparramando todas las especias, que se mezclaron en una espesa nube.

Tosiendo, despavorido y con la cara llena de tomate en conserva, salí corriendo tan rápido que ni siquiera recuerdo qué hice con la pila de platos que antes cargaba, sólo sé que corrí y corrí por toda la casa, llamando a mis padres a gritos. Al verme con toda la cara roja, mi madre se horrorizó, hasta que comprobó que todas y cada una de las manchas en mi cara, eran de tomate, y no de sangre, pero no pasó nada más. La estantería y sus víctimas fueron recogidas y limpiadas, y no se volvió a hablar del tema.

 

¿Cuáles son las probabilidades de que algo así ocurra? Es mágico, ¿verdad? Pues no. Pura estadística. Podemos ser víctimas de un rayo en cualquier lado, o de un ataque de un tiburón en cualquier playa del mundo. A mí me tocó la inmolación de una estantería, pero no es magia, no es paranormal. Es entropía pura y dura, y la magia sólo es un nombre para lo desconocido. Los magos sólo son prestidigitadores de precisión, los horóscopos se escriben con heurísticos y profecías autocumplidas y los chakras no se desalinean, sino que el té verde es astringente, amigos. Creer en la magia es creer en otra religión, y la religión nace del miedo. De hecho, es más probable que una aparición divina no sea más que un síntoma psicótico, y sin embargo aquí estamos, conservando edificaciones construidas  en torno a la enfermedad mental, en torno al delirio colectivo. El amor no está en el aire, está en las hormonas, y no es má que un refinamiento de lo que en otras especies de mamíferos llamamos simplemente apego. Creer en la suerte es dejar de creer en uno mismo, y no tenemos un único alma gemela. Hay personas compatibles en una simple conversación, en una relación, en un debate y en una cama, y sin embargo habrá muchísimas más que sean incompatibles. La puesta de sol es diferente cada día, cada lugar, en cada segundo y para cada persona, y sin embargo, todos los atardeceres son el mismo sol y como idiotas coleccionamos fotografías que creemos únicas pero no dejan de ser  variaciones de lo mismo, con nubes y colores. Las epifanías son producto de la ansiedad o la cafeína, las autorrevelaciones nacen del dolor, y nuestra vida espiritual es perfectamente reductible a reacciones químicas. El problema es que al darnos cuenta de todo esto, no nos queda nada, así que obviemos mi jergafasia y entreguémonos a aquello que nos obsesione.