Archivo de la categoría: Reflexiones y ensayos

El día de la raza y los apátridas

“En 1492 los indios descubrieron que eran indios” – E. Galeano

Hace algunos días, una compañera de clase me deseó “Feliz puente y feliz día de la Hispanidad”, y cuando le dije que no se trataba de una fecha feliz, me miró extrañada. Como si estuviese loco.

Hoy es doce de octubre, fiesta nacional. Se celebra el día de la Hispanidad, o como se conoció hasta 1926, El día de la raza. El doce de octubre de 1492, Cristobal Colón llega a América, siendo un hecho tan importante que marca el inicio de la Edad Moderna. Podríamos decir incluso que se establecen los pródromos de lo que hoy en día conocemos como globalización. Además, en los primeros días de ese mismo año, los Reyes Católicos derrotan a los árabes que quedan, y Granada pasa a formar parte de la Corona de Castilla, poniendo fin a más de setecientos años de Reconquista. No contentos con haber expulsado a los árabes de la península, los Reyes Católicos decidieron además perseguir y expulsar a todos los judíos, que llevaban varias generaciones en la península, y frotándose las manos por las noticias que trajo Colón, Castilla se embarca en la conquista de un continente virgen, lleno de riquezas que pronto llenarían sus arcas. En menos de un siglo, nos veríamos convertidos en todo aquello que habíamos odiado durante casi mil años.

El doce de octubre de cada año, se celebra la transformación de víctima en agresor. Se celebra la evolución de conquistados a conquistadores. O mejor dicho, a saqueadores y asesinos. La codicia  y la falta de escrúpulos hecha realidad. Porque los libros de historia de los colegios siempre nos dirán que fuimos colonizadores, pero después de la llegada de las primeras expediciones a América, no quedó ni un asentamiento nativo en pie. Los colonos sometieron a los indígenas al yugo de la esclavitud y a una evangelización forzosa. Creyéndonos con la potestad de decir qué dios es válido, y a llevarnos todo su oro a casa por el simple hecho de que los primeros en llegar habíamos sido nosotros y no ellos. Llegamos, saqueamos, asesinamos, esclavizamos y contaminamos sus tierras con epidemias que mermaron la población local a la décima parte. Y cuando no quedó nada que robar, y se alzaron en nuestra contra, nos fuimos. Esta es la grandeza de la Civilización.

Un país no es nada sin un idioma, y nos enorgullecemos también de que el Castellano es la tercera lengua más hablada del planeta, pero se nos olvida que este hito es el resultado directo de un genocidio imperialista que además favoreció el florecimiento de una esclavitud que duró siglos. Y hoy, doce de octubre, las Fuerzas Armadas desfilarán delante del Rey, del Capitán General de todos los ejércitos, para celebrar la victoria de la fuerza bruta y la violencia, para regodearse en la gloria de haber sometido a innumerables pueblos inocentes.

Tras explicar lo que realmente significa este día, espero que el lector entienda ahora por qué no quiero celebra nada, porque no creo que haya nada que celebrar. Si ser español es celebrar la consumación de lo más vil de lo que es capaz la especie humana, no quiero formar parte de ello. Nací en Madrid hace veintidós años, pero no me siento español. Me sentiría español si de verdad tuviera motivos para sentirme orgulloso de ello. Y no, no me vale el fútbol.

Vivimos en un país en el que el premio nacional de tauromaquia tiene un valor superior al premio nacional de poesía. La destrucción tiene mejor aceptación que la creación. Un país democrático y aconfesional, en el que sin embargo, la religión es materia obligatoria, y la fe, contenido evaluable; la nobleza y la Iglesia Católica están por encima de la ley y son beneficiadas por el gobierno. Un país en el que se mantiene una monarquía sin función alguna más allá de viajar y “representar a España” diplomáticamente. Tenemos un representante que no dirige, que no gobierna, que no toma decisiones.

Además, se obvia la importancia de la enseñanza y se precariza. La música, la filosofía y la educación plástica desaparecen de los currículos escolares que cada vez parecen más enfocados a educar masas de clones obedientes y sin ideales propios, sin espíritu crítico. La creatividad se ignora o incluso se penaliza por ser diferente de la norma, y se premia la obediencia y la repetición literal de lo que dictan los libros de texto. Y eso, estimado lector, en un país no tercermundista se llama adoctrinamiento. Pero claro, hay quien dice que España es uno de los países más civilizados de África.

En este país, la cultura está considerada artículo de lujo, y cuesta más ir al cine o comprar un libro que una botella de alcohol. La televisión alcanza sus mayores índices de audiencia cuando se emiten reality shows o partidos de fútbol, y los estadios se llenan mientras los teatros quiebran y acaban siendo vendidos y reconvertidos en centros comerciales. En este país, tienes que pagar al Estado si quieres utilizar la energía del Sol.

No quiero formar parte de algo así. No cuando cuarenta y seis millones y medio de personas permiten que se pisotee a los necesitados, se abandone a los jóvenes que luchan por crecer o que se multe a alguien que mendiga porque no tiene para comer. No me siento español, y me duele decirlo, porque he nacido y crecido aquí, pero sin embargo hay infinidad de cosas que me han formado tal y como soy, y me siento de ellas.

Me siento de mi padre y de mi madre, que me han enseñado a amar la vida y a querer sacar la mejor versión de mí mismo. Me siento de mis amigos, con los cuales comparto mis mejores y mis peores días. Me siento de mi ciudad, porque aunque tantos gobiernos hayan intentado envenenarla, siempre tiene algo que me sorprende, algo que merece la pena. Me siento de sus museos, de sus restaurantes, de sus parques y de sus calles. Me siento de los túneles de metro, y de las nubes de su cielo. Me siento de personas que creyeron en el arte, en la ciencia, en la justicia, en la libertad y en un futuro mejor. Me siento de Cervantes, de Calderón y de Lorca. De Velázquez, de Goya, de Dalí. Me siento de Picasso y de Gaudí. Me siento de Ortega y Gasset. Me siento de Ramón y Cajal. Me siento de Echegaray, de Benavente. Me siento de Aleixandre. Me siento de Buñuel, de Cuerda, de Berlanga. ¡Qué digo! Me siento hasta de Séneca, que antes que de Roma, fue de Córdoba. Me siento antes de Azaña, que de los Austrias o de los Borbones. En definitiva, me siento parte de lo que considero importante, no de conceptos arbitrarios que sólo llevan a rechazar a los que son diferentes, porque me siento más unido a personas que nacieron lejos, pero que son como yo, que a los toros, el fútbol, las procesiones o el ensalzamiento de un genocidio.

No me siento español, ni de España; me siento de la vida. Me siento humano.

Anuncios

Elogio de la Destrucción.

Sobre la Destrucción

Hablemos de destruir. O de autodestruir. O de destruir para luego reconstruir.

Siempre se ha tratado el tema de la destrucción como algo malo: Villanos de película con planes de destrucción mundial, siempre detenidos en el último momento por superhéroes que en su propia lucha por evitar la destrucción, destruyen toda una ciudad o todo un país. El sacrificio de unos pocos por el bien del objetivo principal, que es otro tema controvertido, está bien visto si forma parte del plan de los buenos, mientras que es vil y repulsivo si se utiliza para un plan maléfico.

En fin, hablemos de la destrucción. Como he explicado antes, la destrucción es concebida como algo malo, pero luego entra en los planes de aquellos que buscan un bien mayoritario.

Nadie destruye por destruir. No a no ser que sienta una profunda rabia, la cual, después de destruir, nos abandona en una profunda desolación sin sentido. Siempre que se destruye, es buscando algo que el sujeto en cuestión, cree que va a ser mejor.

Tomemos como ejemplo un archiconocido personaje histórico: Adolf Hitler, que pretendía destruir todo Berlín, lo hacía con un objetivo: Reconstruir la ciudad piedra por piedra con un diseño nuevo de Albert Speer, y construir una bella ciudad, moderna y adaptada a los tiempos que acontecerían al finalizar la segunda guerra mundial. Con esto quiero decir, que siempre que un ser humano busca destruir algo, esa destrucción tiene un por qué. En el caso anterior, es la búsqueda de algo mejor, más bello, lo que impulsa a Hitler a destruir su propia capital. Y con esto podríamos incluir sus planes antisemitas, puesto que su irracional búsqueda perseguía la consecución de lo que él creía una humanidad más bella, más capaz. No estoy elogiando en ningún momento las ideas del Nazismo, atención. Además Hitler dijo con sus propias palabras que si los propios ciudadanos berlineses no sabían luchar y destruir su ciudad por ellos mismos para el bien común, no eran dignos de “La Nueva Germania”.

Sobre la Autodestrucción

La autodestrucción del ser humano tampoco se mueve por motivos irracionales, o por sí misma; también tiene un objetivo, ya que si no, carecería de todo sentido. Cuando uno vive tendencias autodestructivas en primera persona, se da cuenta que lo que intenta es matar lo malo que hay en él. No se gusta, y para poder gustarse a sí mismo y a los demás, que hay que erradicar lo malo. La autodestrucción es el primer paso hacia la purificación. Volvemos a lo mismo: Es mera destrucción para una posterior reconstrucción. El renacer. Es por esto que la autodestrucción, en cierta medida, tampoco debe ser concebida como algo negativo.

Como todos sabemos, el ser humano es ciclotímico y fluctúa entre estados de ánimo muy variados, desde la euforia a la depresión, pasando por alegría, tristeza, rabia, odio, pasión y un sinfín de líquidos elementos en los que luchamos por mantenernos a flote y seguir viviendo día a día. La tristeza no es algo malo, es un proceso natural por el que todo ser humano pasa, más o menos veces en su vida, y todos sabemos que los tiempos tristes nos enseñan casi más que los tiempos felices y despreocupados, que el invierno enseña más que la primavera. Tomo el invierno como elemento simbólico: Frío, escasez de alimento, falta de cobijo. Los animales saben que el invierno es duro, que no hay apenas posibilidades de sobrevivir, pero sin embargo, el invierno es también (y tan sólo) parte de un amplio proceso de autodestrucción y autorregeneración cíclico de la naturaleza. Y somos animales. Esto es, la autodestrucción es un proceso natural, y como tal, también se puede aprender de ella.

¿Acaso no dicen que cuanto más fuerte tocas fondo, más fuerte rebotas para volver a la superficie?


El amor es una parodia del ser humano.

El amor es la parodia del ser humano.

Que por qué digo esto, me diréis. Que menudo gilipollas, pensaréis. Pero lo cierto es que el amor es algo ridículo. Quiero decir, ¿cuántas idioteces hemos hecho por alguien a quien queríamos, sin siquiera pensar en lo absurdas que pueden parecer a los ojos de los demás? La mayoría de esas cosas ni se nos pasarían por la cabeza un día cualquiera; son ese tipo de cosas que no haríamos por nuestro mejor amigo o por nuestro perro.

Cuando el ser humano está enamorado, se ha demostrado que el cerebro aumenta la secreción de ciertas hormonas como las endorfinas, llamadas “hormonas del placer”, que generan un bienestar que en ocasiones puede nublar nuestro juicio crítico y hacernos olvidar ser realistas.

Asimismo, si de repente algo, como una discusión o una ruptura, hace desaparecer esta dosis de hormonas, nuestro estado de ánimo baja rápidamente, pudiendo llegar hasta niveles peligrosos, y nuestra visión del mundo cambia radicalmente en cuestión de minutos, o incluso segundos. Todo pasa de ser luminoso y sencillo a convertirse en oscuro y complicado.

Dejarnos llevar por el placer resulta embriagador, ¿no es así? Un poquito de irresponsabilidad bien llevada puede aumentar aún más el propio placer que ya sentíamos previamente, y llevarnos a un estado difícilmente alcanzable de otra manera.

El ser humano es un ente maravilloso, lleno de inquietudes, fantasías, objetivos y sentimientos, pero el amor tiene tal fuerza que nos reduce a una pequeña parodia de nosotros mismos, dejando lo demás en un segundo plano.

Enamorados, somos ridículos, hacemos y pensamos cosas ridículas, y lo único que tememos es que la otra persona deje de querernos. Hacemos lo que sea por evitarlo, cualquier tipo de locura, como si estuviésemos ebrios o drogados, sin importarnos los demás aspectos de nuestras vidas.

El amor es una droga para el cerebro, y es bien sabido que el ser humano actúa de manera impredecible bajo los efectos de las drogas.